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Beatriz de Majo

Einstein y los Brics

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Decía unos de los grandes genios reconocidos de la humanidad: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Eso lo habría reiterado Albert Einstein al escuchar los preclaros conceptos emitidos por los voceros de los Brics para argumentar la trascendencia de la “nueva propuesta” de las economías emergentes para redirigir el curso de los acontecimientos mundiales. Vladimir Putin definió el club como un instrumento político para cambiar el orden mundial establecido, pero en la ocasión del encuentro de Durban, el Presidente ruso no fue más lejos que adelantar una propuesta idéntica a otros esfuerzos históricos para establecer una dinámica global más justa. Nada nuevo, en realidad.

No fue sino politiquería ordinaria lo que estos cinco países desplegaron ante el mundo que los seguía atento no sólo por la dimensión de estas naciones de singular dinámica interna, sino por la esperanza de que en tal cita estratégica se gestara un redireccionamiento inteligente y eficiente para los urgentes conflictos que amenazan las finanzas y la paz global. El discurso de Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica no fue novedoso, ni el mecanismo creado se diferencia de lo ya existente en materia de asistencia al desarrollo, sino en su subido tono populista.

La pregunta que hay que hacer al analizar los magros resultados de tan cacareado esfuerzo estratégico es si cada una de las naciones Brics, aquejadas de ingentes problemas sociales por resolver en lo doméstico, andan en pos de un más fuerte liderazgo de cara a los países menos favorecidos del planeta o si, en efecto, lo que propugnan es un orden más justo para todos. No es sino natural pensar que la corrección de las inequidades internas dentro de cada uno de ellos luce una tarea más imperativa y urgente que la “disolución del poder del Fondo Monetario o del Banco Mundial”. En países como la India –una economía que engloba 1.200 millones de seres– por ejemplo, los bienes de las 100 personas más ricas equivalen a un cuarto del PIB. Y allí 800 millones de indios sobreviven con menos de 50 céntimos de dólar al día.

Dramas de tono tan superlativo como este se experimentan en el interior de cada uno de los socios de este nuevo gremio cuyos gobernantes se han plantado frente al mundo para inventar lo que ya está inventado. Si sólo una parte de sus propias distorsiones sociales fueran corregidas se vería beneficiado un contingente humano tan grande como 43% de la población mundial.

Lo que de nuevo nos lleva a Einstein, quien aseguraba que “hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, que la electricidad y que la energía atómica”. Esa es la propia voluntad de cambio, decía el genio… pero ésta no estuvo presente en Durban.