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Plinio Apuleyo Mendoza

Ecuador: luces y sombras

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Siempre vi con recelo al gobierno del Ecuador. ¿No era acaso Rafael Correa un aliado del desastroso chavismo venezolano? Así que fue para mí muy extraño ser invitado a ese país como Observador Internacional de las elecciones municipales y provinciales que tuvieron lugar el domingo pasado. Pese a mis escrúpulos, acepté. Era más fuerte la curiosidad por ver de cerca la realidad que vive este vecino nuestro, de cuyo gobierno solía recibir buenos y malos informes.

Estuve allí una semana y me llevé más de una sorpresa. La primera y muy grande fue encontrarme con un Consejo Nacional Electoral como no he visto en ningún país del continente. Con un poder autónomo, ajeno al Ejecutivo, despliega hasta las más remotas regiones una red bien organizada de controles y servicios para asegurar una transparente participación popular en los comicios electorales. Lleva urnas a casas de ancianos o discapacitados, a las cárceles, a hospitales, a confines selváticos. Controla severamente el gasto publicitario financiándole a cada partido iguales espacios en la televisión, la prensa, la radio y en las vallas.

Para verificar que estas normas se cumplen con rigor fueron invitados 158 observadores internacionales de 32 países, sin tomar en cuenta su perfil político. La mejor prueba de transparencia en el desarrollo de estos comicios fue el triunfo de alcaldes de la oposición en Quito, Guayaquil, Cuenca y otras importantes ciudades del país.

¿Pierde Correa el amplio apoyo que ha tenido hasta ahora? No, no es evidente. El mejor informe de lo que ocurre hoy en el Ecuador se lo puede dar a uno un modesto chofer de taxi. El presidente –le dice a uno– cumple con lo que ofrece: educación, salud, carreteras, empleo, programas sociales. “En todo esto hay avances –sostiene el hombre–. Lo malo es que es muy impetuoso, bravucón. Y sus candidatos no siempre nos gustan”.

Pues sí, es algo muy cierto. La inversión pública va por muy buen camino y los resultados son visibles en campos como el auge de las exportaciones, la estructura vial, las escuelas, los hospitales y el empleo. Los reparos a Correa no atañen a su gestión sino a su personalidad y a sus desvaríos ideológicos. Tiene, en efecto, un perfil autoritario, narcisista, que reacciona con virulencia ante críticas o caricaturas hasta el punto de imponerle a la prensa leyes restrictivas que han provocado protestas de la relatora de la OEA para la Libertad de Expresión, Catalina Botero.

Por otra parte, la impronta ideológica que dejó en él su paso por la Universidad de Lovaina es inquietante. Contiene los gérmenes que le dejó el sacerdote marxista François Houtard, apóstol de la Teología de la Liberación y figura clave de aquel centro educativo. Por obra de esa heredada devoción, Correa aparece en el escenario continental como un fiel aliado de la desastrosa revolución bolivariana y de su socialismo del siglo XXI. En un acto inaugural del día de elecciones, no salía yo de mi asombro escuchándoles afirmar a él y a quienes lo acompañaban que la amenaza a la democracia venezolana corría por cuenta de las protestas estudiantiles, obra de la oligarquía y el imperio. La misma tesis, extensiva a la prensa, se la escuché allí al inefable amigo de Castro Ignacio Ramonet, director editorial de Le Monde Diplomatique.

¿Hacia dónde se encamina el Ecuador? La pregunta no ha perdido vigencia. Correa tiene indudable apoyo popular. Pero la independencia que mostró el electorado en los últimos comicios y el triunfo aplastante de Mauricio Rodas en Quito y de Jaime Nebot en Guayaquil muestra que la democracia cuenta en el país hermano con sólidas y promisorias cartas.