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A tres manos por Alex Fergusson

Ecología profunda y budismo

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La filosofía medioambiental ha encontrado fundamentos en los conceptos cosmológicos inherentes al budismo, principalmente debido a su inclusión en el trabajo de los llamados “ecólogos profundos” como George Sessions, Arne Naess, John Seed, y Bill Devall. Ideas tales como la unidad de todas las cosas, el valor inherente de toda la vida y todas las cosas, la responsabilidad personal  por las acciones, y las complicadas secuelas que emanan de cada pensamiento, palabra y acción humana, se encuentra a lo largo de esta filosofía-religión oriental y han estado plenamente incorporadas en la filosofía de la “ecología profunda”.

Así, la ecología profunda hace énfasis en el carácter “universal” de la naturaleza y la vida, busca proteger el ambiente y alienta a los humanos a asumir la responsabilidad de sostener su productividad e integridad limitando su uso y la intromisión en los dominios naturales.

Las tradiciones religiosas históricamente derivadas del hinduismo y el budismo, comparten con el ecologismo, una creencia en el interdependencia e inter-identidad inherente a todos los ser vivientes, no solo desde la perspectiva del tiempo de vida de una entidad particular sino eternamente (la vida como una función del universo), a través de la reencarnación en una nueva forma de vida basada en las consecuencias de sus pensamientos, palabras y acciones (karma).

 

El budismo: ¿religión o eco-filosofía? 

Las ideas budistas son importantes en el trabajo de varios escritores ecológicos populares, incluyendo a Thomas Berry, Gary Snyder, Andrew McLaughlin, Joanna Macy, Thomas Weber, Fritjof Capra y otros. Mucho del interés popular en las perspectivas medioambientales budistas se ha generado como consecuencia de un cierto sentido de frustración con las cosmologías judeo-cristianas culturalmente dominantes. Es más, el interés en el budismo  se ha alimentado por el vacío cultural creciente que existe entre los dominios de la fe y la razón heredado de la Modernidad. El budismo ha llegado a ser considerado por muchos “una alternativa al altar; un puente que podría reunir los mundos separados de materia y espíritu'”. Más específicamente, el budismo se percibe como más compatible con la ciencia, porque ni postula la existencia de una presencia divina, ni depende de un “Dios” como fundamento para su  cosmología afirmando, en cambio, que las funciones del universo están basadas en “la ley natural universal”. Comparado con el judaísmo y el cristianismo, el budismo se presenta como “un sistema moral y físico  donde todo (y la vida) parece trabajar inexorablemente por inmensos períodos de tiempo sin la intervención divina, pero sí, en conexión permanente con la dinámica del universo”. 

En la medida en que la cosmología cristiana ha menguado, la percepción de la pertinencia del budismo ha aumentado; ha habido una tendencia a contrastar el pensamiento y la práctica cristiana negativa (dominadora, explotadora) con respecto al ambiente, con el pensamiento budista más idealista y a la vez más práctico.

Cuando el budismo surgió en China, promovió una relación más idealizada y positiva entre los humanos del medio urbano y la naturaleza. En la actualidad la expresión budista contenida en el Sutra del Loto y en sus adeptos de la escuela japonesa de Nichiren Daishonin, se nos presenta como una filosófica-religión para estos tiempos.

Según ella, existe una conexión poderosa entre el destino humano y el destino de otras criaturas y el mundo mismo, y se contrapone al extrañamiento “nosotros-ellos” prevaleciente en la visión moderna occidental. La popularidad de budismo de Mahayana y del budismo de Nichiren entre los activistas ecológicos es basada en su aserción de que hay una unidad entre todos los seres y naturaleza (como reflejo del karma y el renacimiento) en contraste con el dualismo cartesiano (cultura vs natura) que caracteriza a Occidente. 

El budismo afirma que la unidad de la vida con la naturaleza (y con el universo) es una condición inherente a la vida misma, es decir: vida, naturaleza y mundo son inseparables. En tal sentido, el concepto de naturaleza separada del hombre es un paradigma occidental antropocéntrico, nacido de la Modernidad y apoyado por la tradición judeo-cristiana.

Despojado de la presencia de un creador divino, y librado de la ortodoxia que las religiones imponen, el budismo se nos presenta como una eco-cosmología filosófica-espiritual claramente compatible con las ideas científicas sobre la creación del universo, al tiempo que constituye un punto de vista global que es compatible con ver la existencia desde la perspectiva de la teoría de sistemas complejos y la ecología. 

Dentro de las sociedades occidentales, el budismo se expresa principalmente como una orientación espiritual, como un sistema de valores y como una filosofía de vida. Así pues, hay buenas razones para ser optimista sobre el budismo, como una filosofía-religión que puede ser útil como un complemento eco-cosmológico-espiritual de la cosmología científica de nuestro tiempo, basada en los siguientes tres principios:

Todo está vivo, pues todo lo que forma parte del mundo físico que habitamos está dotado de energía y participa de los flujos y ciclos de la naturaleza, es decir, todo lo que existe “tanto lo que llamamos vivo como lo llamado inerte” esta integrado en sistemas y subsistemas que contribuyen a conformar la complejidad del mundo. Pero además, los seres y objetos que conocemos y que nos rodean están inevitablemente asociados a recuerdos y experiencias “negativas o positivas” cuya posesión y contemplación producen sensaciones que influyen en nuestra actitud y conducta cotidiana.

Todo está relacionado, pues la energía que fluye a través de los seres vivos y los entes materiales que componen el universo, los vincula y relaciona en una intrincada red de lazos que termina haciéndolos interdependientes. Toda acción tiene consecuencias y afecta a todos los seres y objetos que nos rodean y con los cuales estamos relacionados.

Todo cambia, pues el movimiento es lo único permanente en el universo que conocemos. Nuestra vida y la dinámica de la vida y la materia dentro y fuera de nosotros están definidas por procesos de cambio constante. El fin del movimiento es la muerte. En este contexto, no es posible pensar que uno pueda cambiar y al mismo tiempo mantener inmutable el espacio que nos rodea. Al mismo tiempo, todo cambio en el entorno afecta la dinámica de quienes lo habitamos. Así pues, el entorno actúa como un poderoso elemento para el cambio, al tiempo que los cambios que se producen en nuestras vidas terminan reflejándose en nuestro entorno.