• Caracas (Venezuela)

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Ramón Piñango

Cualquier cosa

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Ya es opinión de gran parte de los venezolanos: la situación del país está mal y va a empeorar. Esa apreciación va más allá del mundo opositor y gana terreno en los mismos seguidores o simpatizantes del régimen. Un número creciente de estos ciudadanos está convencido de que “esto ya se acabó”. Sencillamente no creen que el presidente y su equipo sean capaces de torcer el rumbo para evitar un desastre en casi todos los ámbitos de la vida nacional.

La cotidianidad del país habla por sí sola. Solo quienes sufren de una grave disociación con la realidad no se percatan de las colas para comprar alimentos básicos ni del incontrovertible crecimiento de la probabilidad de morir asesinados en la calle, cosas que afectan de manera particularmente despiadada a los sectores de menos ingresos. El lenguaje que predomina en el día a día está impregnado de “qué desastre”, “no puede ser”, “esto no se aguanta”, “aquí va a pasar algo”, y, en los últimos días, “hay que prepararse”. Atún, velas, linternas, pilas, son objetos cada vez más nombrados.

Pero una admonición remonta las conversaciones: “Cualquier cosa puede pasar”. Y cuando uno indaga qué es cualquier cosa, la respuesta muerde la cola de la pregunta: “Cualquier cosa”. Eso incluye desabastecimiento radical, hampa absolutamente indetenible, corralito financiero, asesinatos políticos, golpes de Estado… cualquier cosa.

Muy mal anda un país cuando su gente comienza a pronosticar que no sabe lo que viene pero que algo grave viene, porque con “cualquier cosa” la gente no se refiere a eventos placenteros. “Cualquier cosa” es cualquier cosa mala. “Cualquier cosa” expresa lo que los especialistas llaman “incertidumbre”, pero se refiere a una incertidumbre muy particular; la gente intuitivamente parece atribuirle igual probabilidad de ocurrencia a una diversidad de eventos no precisados, pero todos negativos.

Es inmanejable un país donde una alta proporción de la población vive en tal incertidumbre; inmanejable porque es el reino del pesimismo, de lo negativo, porque las expectativas son oscuras, tenebrosas. Es lo que muchos denominan un país “pavoso”.

Eso es la esencia de un país sin futuro. Sin futuro a pesar de toda su riqueza material.

Si el “cualquier cosa puede pasar” viene haciéndose real desde hace algún tiempo, en los últimos diez días cobró presencia plena, gracias al régimen y sus turbias acciones para controlar la especulación de los comerciantes. Unos cuantos, pero una ínfima minoría de los ciudadanos, pudo ponerse en un blue ray o un televisor de plasma, pero aun muchos de esos pocos venezolanos pueden haberse lanzado a comprar a como dé lugar para agarrar algo porque “algo va a pasar”.

Cada acción del régimen, cada discurso de quien lo encabeza, cultiva ese “cualquier cosa puede pasar”. El equipo de gobierno no calma la incertidumbre de la población, que se expresa en la conducta anárquica del “sálvese quien pueda”, con cada aparición televisiva de ministros interviniendo negocios. Es fácil que unos cuantos piensen que algo anormal está pasando, simpaticen o no con quienes detentan el poder.

En un país que se sumerge cada vez más en la incertidumbre pesimista, la oposición tiene un papel clave que jugar: dibujar un país mucho mejor para todos que puede ser construido de producirse un cambio de gobierno. Pero tal tarea debe ser asumida teniendo muy claro el propósito de crear la certeza de que tal país es posible y probable porque hay quienes están dispuestos, si es necesario, a dar su vida para que ello ocurra.

Propósito fundamental del mensaje opositor debe ser crear optimismo, optimismo en buena parte porque sabemos que lo que se nos ofrece es factible y podemos confiar en que probablemente ocurrirá. Solo así para la inmensa mayoría valdrá la pena apostar a favor de algo distinto del régimen que hoy tenemos.