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Leopoldo Tablante

El gigante que no se llama

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Cuenta el mito que Ulises llegó con sus soldados a la morada del cíclope Polifemo y éste quiso saber quiénes eran sus visitantes. En cuanto algunos se presentaron, el cíclope arremetió contra ellos: los despedazó, los asó y se los comió. Ulises esperó su turno y, en el suspenso, imaginó la salida: cogió un palo de olivo, le puso en el extremo una afilada punta de metal y, cuando llegó su momento, le dijo al gigante que su nombre era “Nadie”. Se las arregló para emborrachar al monstruo y, ebrio, el cíclope se durmió. Ulises subió sobre él y le clavó la estaca en su ojo único. Cuando el dolor le permitió reaccionar, el cíclope gritó: “¡Fue Nadie, fue Nadie!”.

El relato me recuerda lo que le oí decir a la madre de un amigo. A la señora –dama criolla de rancio encopetamiento– no le gustaba viajar a Estados Unidos porque desconfiaba de un “país sin nombre”. “Estados Unidos’ no identifica nada”, decía. En su mente, esas dos palabras no remitían ni a un mito ni a un relato histórico y apenas alcanzaban para afirmar la unidad de un bloque geográfico. Le extrañaba que Estados Unidos pudiera ser una potencia cuando tenía esa falla de origen, evidente por medio del hecho de que los estadounidenses no son capaces de llamarse como tales en inglés y por lo tanto recurren a una generalización: “americanos”. Se trata de un típico prejuicio antiyanqui que, por cierto, no es propiedad exclusiva de chavistas o ñángaras comecandela: es un punto de honor –o patada de ahogado– de latinoamericanos estragados por las conquistas y las suficiencias del norte.

El año pasado organicé un evento en la universidad “americana” donde trabajo en el que el invitado fue el percusionista nuyorican Bobby Sanabria. Sanabria es un tipo duro del Bronx que se ha codeado con todos los grandes (Mario Bauzá, Celia Cruz, Dizzy Gillespie, Tito Puente…), que se come una barra grande de chocolate en tres certeros mordiscos y da órdenes como el jefe de un cartel de la frontera. En el semáforo de una típica zona comercial suburbana comentó, sin que viniera a cuento: “No hay escapatoria. En este país tú coges un avión tres horas y es como si no te hubieras movido ni una pulgada de la cuadra de tu casa”. Se refería al paisaje circundante: los mismos logos, los mismos ambientes comerciales surtidos con el mismo inventario importado de China, el mismo olor a hule, salsa de soya o carne de hamburguesa asada.

Para el politólogo Carlos Rangel ese espacio de símbolos y ofertas que incitan al consumo podía evidenciar los logros políticos y económicos de Estados Unidos. A diferencia de Venezuela, donde el caudillo impera y abusa, Estados Unidos logró convertirse en una zona franca donde las personas, las ideas y las mercancías circulan libres y sin alcabalas. La garantía de esa fluidez son tres coordenadas: la eliminación del discurso público de las diferencias sociales, culturales y étnicas y la fundación de un lenguaje descomprometido y políticamente correcto que se concentra en las “necesidades” del ciudadano-consumidor; la existencia de un segmento de la población motivado por el espíritu individual de competencia y de empresa; y la presencia de un pueblo cuya función primordial es comprar y, llegado el extremo, sacrificarse en defensa de la libertad. Estados Unidos frisa los relatos de sus poblaciones originarias (cuyo vocabulario indígena identifica buena parte de sus regiones) o de los conquistadores anteriores (particularmente España o Francia) para transformar la historia en etapas dominadas o en mitos narrativos, cinematográficos o turísticos.

El burgués cineasta italiano Michelangelo Antonioni no le tenía mucha paciencia a esa dimensión mental. Italiano y culturoso como era, le debía ofuscar la euforia de la asertividad y el optimismo emprendedor de aquel territorio. Durante su paso por la ciudad de Los Ángeles –epítome del sueño americano– parece haber encontrado en todas partes desengaños así como el “Nadie” de la mitología. Su conclusión fue un blindaje de palabras negativas: “Hollywood –decía– es como estar en ningún lugar, hablando a nadie sobre nada”.