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Juan Barreto

Estado global

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En este momento, el capital, en tanto que formación social, es organización total de la vida material y espiritual, ya que deviene lógica de sentido que cambia y combina el capital ya socializado con las materializaciones formales del poder de mando y las redes institucionales de ello derivadas. Por eso Marx afirma que en este punto o grado de desarrollo de las relaciones de producción: “Decir Estado es otra forma de decir capital”. Algo para tomar en cuenta en el momento en que se habla de Estado global y se impone el conservadurismo en el orbe.

Al respecto, Pierre Bourdieu, nos alerta: “Siempre corremos el riesgo de ser pensados por el Estado que pretendemos pensar”. Recomendamos, pues, uno de los últimos trabajo de este pensador, Espíritu de Estado, donde lo define como: “Un dominio, un punto de equilibrio entre fuerzas concurrentes del capital como modo extenso, y de allí como una relación de mando delegado y monopolizado por el resultado de un proceso físico de concentración de diferentes especies y estratos o capas de capital, materializado en formaciones institucionales eficaces para su autoconservación (razón de Estado, tras­cendentalidad temporal del capital consagrado en ritos asumidos como universales, llamados al orden)”.

El Estado es a su vez, entonces, una suerte de metacapital que da poder de regular fuerzas a quien lo detenta, por lo que cada una de las fracciones del capital, o de las clases –que es otro modo de decirlo– luchan por su control o negocian alrededor de su monopolio, pues esto les garantiza la obediencia colectiva alrededor del capital y sus formas de clasificación, ahora presentado como objetivo general y bien común.

Aquí no estamos hablando de ningún Estado nacional en particular, sino del Estado como “artefacto social” fundado en unos saberes (una razón lógico-lingüística arbitraria), de la modernidad tardía, hipertecnológica, que opera simultáneamente en distintos dominios de la vida, regulando demandas por medio de llaves de paso de legitimidades y fronteras de todo tipo.

Un Estado cruzado por nuevas lógicas, descentrado y desencantado de su propio gran relato maestro, de­sa­filiado de cualquier sentido de responsabilidad que no vaya más allá del discurso justificador del día a día y de la reificación del capital. Un Estado que despliega nuevos dispositivos de control, coagulado en granu­la­ciones fractales. Es decir, con presencia parcial en algunas zonas o bolsones de lo social y ausente por completo, desterritorializado, en lugares enteros, pues su territorio natural se encuentra consagrado a la lógica de la mercancía, única forma que hace visible el mundo como relación de mando y de control, expresado como un acumulado de este valor cualitativo, más allá de cualquier uso y actuando como regla organizadora de la zona de visibilidad legítima del deseo.

El Estado, como cualquier objeto creado por el capital, se va ajustando a su metabolismo, por lo que su régimen jurídico-político, más allá de cualquier aplicación o uso, puede ir variando o incluso prescindir de él según adquiera nueva forma. Es, así mismo, interacción que organiza la relación de cambio y hace valer las equivalencias. Como todo objeto, también es mercancía y, en ese sentido, se aferra a la ficción del tiempo y a las modas que un día habla de reforma del Estado y otro día amanece diciendo todo lo contrario.

El Estado es capital social acumulado como relación de mando de la proliferación de formas de la imagen pura y del simulacro, donde todo ocurre como puesta en escena de un espectáculo que transcurre como producción concreta de sí mismo, en un modo de ser abstracción de toda relación social concreta y, por ello, significante puro de la fuerza, en la medida en que se despliega como escenografía asimilada al régimen del dispositivo información-comunicación.