• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

El Gran Hermano afila las uñas

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I.

Aunque los que se han ocupado del tema han dicho, desde hace un buen rato y con razón, que las nuevas tecnologías de la comunicación son liberadoras y, por tanto, sirven para democratizar la vida y abrir los espacios a participación de todos, según lo muestra, por sólo poner un ejemplo político muy claro, la reciente protesta brasileña, semejante a la previa de algunos países europeos y norafricanos, realizada, como éstas, a punta de Internet, Twitter, celulares y sin líderes visibles ni predestinados, sin manifiestos, panfletos ni cosas así.

Aunque lo anterior es cierto, digo, tengamos presente, sin embargo, que medio siglo después de que Orwell escribió lo que escribió –y sin necesidad, por cierto, de que nos lo dijera el ex agente de la CIA, Edward Snowden–, la muy norteamericana Agencia Nacional de Seguridad lo ha ratificado de manera rotunda gracias a tecnologías infinitamente más sofisticadas, inimaginables para el profeta británico, autor del Gran Hermano. Dicho en cristiano y en pocas palabras, la tal agencia cuenta con un programa informático capaz de grabar la vida privada de todo el mundo y guardarla en una casi infinita base de datos, a disponibilidad del gobierno para ser usada, siempre, claro, en nombre de la seguridad, un concepto noble, pero medio chicloso que, arbitrariedad mediante, ha terminado sirviendo para todo.

 

II.

La gente –toda, casi por cualquier motivo– puede estar ahora bajo vigilancia, vigilancia oculta, eso sí: nadie sabe que es mirado y escuchado, pero lo sospecha, lo cual es hasta peor, por aquello de la paranoia que genera. Se ha vuelto una rutina de la vida social y no es el Gobierno norteamericano el único que anda en eso. Hoy en día, la vida de cada quien deja en todas partes y en todo momento una huella digital, a partir de la cual se engordan los datos que se encuentran en manos de gobiernos o de organizaciones particulares, suministrados tanto por los servicios de inteligencia, como por las informaciones que aportan los propios ciudadanos cuando van al mercado, alquilan una película o compran un pasaje de avión. Estamos, pues, en la llamada sociedad de la vigilancia en donde la observación es ubicua, cada cual la lleva a cabo en la medida de sus posibilidades y propósitos, incluso, en menor escala, desde luego, los ciudadanos de a pie. De paso, en Venezuela también venimos progresando en estas cuestiones de la vigilancia. Nuestro Gran Hermano, con sus múltiples rostros, afila las uñas.

Nos adentramos, así pues, así en un tema complejo. Cierto, hay que proteger el derecho a la intimidad de intromisiones indebidas, pero cierto, así mismo, que en esta época hay que plantear cuáles deben ser, por otro lado, los límites a la privacidad. Pero, dónde, y a través de qué instituciones, colocar el balance entre los derechos individuales y la responsabilidad social, entre la privacidad y el bien común. He aquí uno de los debates centrales de la actualidad, tanto en el plano político como en el moral.

 

III.

Así las cosas, uno siente, mientras tanto –permítaseme el desahogo–, que nosotros no encontramos el espacio para ocuparnos de estos asuntos, en los que literalmente nos jugamos la vida democrática. Estamos distraídos, colonizados por otros tópicos, por ejemplo, la subasta de divisas. Allí pareciera estar el ombligo de las preocupaciones nacionales. Es lamentable, pero comprensible: después de tres lustros, el desarrollo endógeno depende vitalmente del dólar petrolero. Comprensible, pues, que nos demos el “lujo” de no pensar un poco más allá de la terca cotidianidad, sin darnos cuenta de que nos puede resultar políticamente muy costoso.  

 

Harina de otro costal

Prohibido quitar el dedo de la tecla universitaria. Obligatorio insistir en que el conflicto tiene su razón de fondo en el rechazo a la idea del Gobierno sobre la universidad, plasmada, para que no haya equívocos, en las instituciones que ha creado a lo largo de los últimos años. Forzoso, pues, reiterar que, si bien no hay duda de que nuestras universidades públicas deben cambiar –y se encuentran en mora en las tareas correspondientes–, el modelo de educación superior que despunta en la concepción oficial es una trágica y grave equivocación que nos achicará el futuro.