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Tomás Straka

Memoria y democracia

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La abdicación de Juan Carlos I ha avivado en España los debates sobre la conveniencia de mantener la monarquía. Aunque la crisis económica y los escándalos de la casa real desde hace un tiempo le habían dado impulso a las manifestaciones republicanas, la histórica circunstancia de un rey que se retira para darle paso a su hijo es, sin duda, propicia para los balances y para que con ellos emerjan viejos demonios e inveterados amores. Muchos resaltan que quienes marchan con el tricolor rojo-amarillo-morado olvidan el papel del rey en la Transición, su capacidad para mantener el equilibrio entre fuerzas que a cuarenta años de la Guerra Civil seguían odiándose o su papel conjurando el golpe de Antonio Tejero. Otros dicen que nada de lo anterior, en el caso de que lo reconozcan, debe dar privilegios especiales, que mantener los gastos de una monarquía es oneroso para un país con tantos problemas o que incluso éticamente, por buenos que sean los reyes, una república siempre es mejor (cosa que al cabo es el núcleo de todo republicanismo, prenda de la que nos hemos ufanado los venezolanos por dos siglos… más allá de que no siempre hayamos sido completamente fieles a nuestras palabras).

Lo que se debate en España es otra prueba de que cada vez que hay un viraje político, la memoria pasa a ocupar un lugar protagónico en los debates de las sociedades. Aunque las llamadas políticas de las memorias siempre juegan una función importante apuntalando la identidad (y con eso la legitimidad) de los Estados y los regímenes, cuando lo que se discute es su mantenimiento o su sustitución, lo que se diga en torno a ellas sube en muchos decibeles. El caso venezolano es ilustrativo al respecto. Buena parte de la legitimidad (o no) que los ciudadanos le concedan a la revolución bolivariana responde a la visión que tengan de la historia del país. Si consideran que la “cuarta república”, es decir, la que hubo de 1830 a 1999, fue una larga traición a Bolívar y sus planes para la grandeza nacional, tendrán una opinión muy distinta sobre la propuesta que llevó adelante Hugo Chávez y que hoy tratan de sostener sus sucesores, a que consideren que esos 170 tuvieron también sus luces, en particular durante las 4 décadas que precedieron a la revolución.  Leyendo unos discursos del fallecido presidente nos encontramos con frases como esta: “Señores, no nos caigamos a mentiras. Aquí no ha habido democracia, aquí lo que se instaló hace 40 años fue una horrorosa tiranía con una máscara de democracia, pero tenía que llegar la hora en que esa máscara se cayera, tenía que llegar la hora en que quedara desnuda la tiranía y la corrupción, y esa hora llegó en el amanecer de un día memorable: 4 de febrero de 1992, día para la historia, día de despertar, día de señales, día de nacimiento”. A lo que agrega: “A Medina deberíamos llamarlo el padre de la democracia de este siglo. En cambio, ahí está la historia, falsificada, llamando a un dirigente adeco ‘padre de la democracia’. ¿De cuál democracia?, me pregunto yo. ¿Cuál democracia? Esto es una horrorosa bestia de mil cabezas, esto que llaman democracia y que los adecos crearon aquí, con esta bestia acabaron a Venezuela, ayudado por esos partidos, los dos partidos: Acción Democrática y Copei. Unidos, destrozaron a Venezuela, esa es la verdad, duélale a quien le duela, destrozaron este país nuestro, 40 años y pretenden seguir destrozándola”. (Discurso del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez Frías, con motivo del acto conmemorativo de los cien años de la Revolución Restauradora”, Capacho, 23 de mayo de 1999). Por 13 años insistió una y otra vez en estas ideas, en sus innumerables cadenas de radio y televisión, en su programa dominical, en sus mítines, en panfletos, en artículos, en entrevistas, fue una arremetida en la que también lo apoyaron el resto de los voceros y medios gubernamentales. Una mirada muy distinta es la que expone Rafael Caldera en su libro Los causahabientes (1999) cuando afirmó que después del 23 de Enero de 1958 comenzó “el más largo y positivo período de disfrute de libertades ciudadanas y de impulso de desarrollo que conoce la historia de nuestro país”, para lo que trae a colación la larga lista de los avances en salud, vialidad, educación, industrialización, política petrolera ejecutados por el régimen democrático, además de “algo que será difícil destruir: el pueblo venezolano se acostumbró a vivir en libertad.”

Como en España, la democracia y su futuro parecen pender de las tensiones entre la memoria y el olvido.  Lo que se recuerde del régimen de Puntofijo y, ahora, del “chavismo con Chávez”, es crucial para apoyar cada uno de estos modelos, o incluso para proponer otros alternativos.  Por eso el boom editorial que Venezuela ha vivido en los últimos años ha tenido en los libros de historia algunos de sus éxitos de venta más grandes, en lo que básicamente es una buena noticia, muchos ciudadanos buscan pistas para entender su realidad y hacerse un criterio propio. De ese modo los historiadores hemos venido a parar en el centro de debates para los que no nos sentíamos inicialmente convocados, recibiendo, en ciertos casos, una notoriedad que jamás creímos posible. Bien porque se nos requiere, bien porque así lo sentimos como deber ciudadano, o bien porque encontramos en ello un desafío intelectual para la ciencia histórica, hemos terminado sosteniendo o desmintiendo, con base en la documentación y la crítica histórica, lo que los políticos y propagandistas difunden en los medios. Como en todo, se puede identificar una polarización.  Autores tan prestigiosos (y vendidos) como Manuel Caballero y Germán Carrera Damas asumieron la defensa de la democracia. El primero en trabajos como Rómulo Betancourt, político de nación (2004) e Historia de los venezolanos en el siglo XX (2010) y el segundo en obras como La larga marcha de la sociedad venezolana hacia la democracia: doscientos años de esfuerzos y un balance alentador (2000), Fundamentos históricos de la sociedad democrática venezolana (2002) y Rómulo histórico (2013), comenzaron a formar una teoría sociohistórica de la democracia venezolana.  En la acera contraria se destaca Oscar Battaglini con trabajos como La democracia en Venezuela: una historia de potencialidades no realizadas (2001) y Ascenso y caída del puntofijismo (2011). Varias instituciones públicas han producido una historia oficial al respecto. Tal es el caso del Centro Nacional de Historia en su obra divulgativa De Puntofijo a la revolución bolivariana (2012) que por ejemplo le dedica solo tres páginas a la “era oscura del puntofijismo” para centrarse básicamente en glorificar la lucha guerrillera de los años sesenta, o el de los manuales que edita y reparte el Ministerio de Educación en la Colección Bicentenaria. En particular, el de cuarto año de bachillerato ha generado mucha polémica por la visión extremadamente negativa que ofrece de la “democracia representativa” (1958-1999), en contraposición con la panoplia de logros que señala en la “democracia participativa” (1999 en adelante).

Como observamos, es un tema en el que queda mucha tela por cortar. Probablemente el primer trabajo que nos aguarda es el de la recopilación de documentos para estudiar los dos períodos (los cuarenta años de Puntofijo y los catorce de Hugo Chávez). La buena noticia es que ya hay algunas instituciones emprendiendo este esfuerzo. El Archivo General de la Nación ha creado una sección llamada “Archivo de la revolución”, con documentos del período chavista. Muchos discursos del fallecido presidente han sido editados, así como transcritos sus programas dominicales (que hasta hace poco podían bajarse por Internet). Recientemente apareció un libro de Guillermo Tell Aveledo Coll, profesor de la Universidad Metropolitana y de la UCV, con un impresionante apéndice documental en el que encontramos una muestra del pensamiento político venezolano de 1958 a 1999, tema en el que el olvido ha sido especialmente grande. Se trata del volumen 7 de la Serie Antológica Historia Contemporánea de Venezuela que edita la Fundación Rómulo Betancourt, con el título de La segunda república liberal democrática, 1959-1998 (2014). Esta fundación ha venido desarrollando un esfuerzo por participar en el debate histórico-político de los últimos años a través de una serie de publicaciones y de un muy exitoso diplomado de Historia Contemporánea de Venezuela, que ofrece en convenio con la Universidad Pedagógica Experimental Libertador. La Serie Antológica surgió con las conferencias que los profesores del diplomado exponen a sus alumnos, junto a un conjunto de documentos que se les facilita para que los trabajen (para más información: http://fundacionromulobetancourt.com). 

¿Queremos, entonces, saber si hubo ideas en el puntofijismo? ¿Hay algún tipo de herencia moral distinta a la corrupción y el entreguismo, como se acusa?  Obras como las de Aveldo Coll, que recogen desde el manifiesto de Douglas Bravo y Elías Manuit en la sierra de Falcón en 1964 a la “Carta de los Notables” a Carlos Andrés Pérez en 1990, nos pueden dar una idea. ¿Hubo un pensamiento de Hugo Chávez más allá de los que muchos vieron como peroratas sin orden? ¿Hay una reflexión más allá de las proclamas propagandísticas en la revolución bolivariana? El volumen titulado La construcción del socialismo del siglo XXI: discursos del Comandante Supremo ante la Asamblea Nacional (1999-2012), editado por el Fondo Editorial de la Asamblea Nacional William Lara y el Eficem (Escuela de Formación Integral de la Asamblea Nacional Dr. Carlos Escarrá Malavé), también nos puede ayudar. En cualquier caso, tanto en Venezuela como en España, se demuestra que la desmemoria o las tergiversaciones a las que se le somete están entre los principales peligros de una democracia, sobre todo de una que ya tiene un trecho andado y realizaciones que mostrar. Pocas tareas son más importantes y urgentes para los historiadores que la de afrontar este reto, venciendo el olvido y dándole herramientas a la libertad.


@thstraka