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Elías Pino Iturrieta

El regreso de la esclavitud

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Para aparecer como campeón de la justicia social, Maduro no deja de hacer declaraciones mediante las que se presenta como adalid de la lucha contra la explotación de los desposeídos. Pareciera que vino al mundo únicamente para pelear por los pobres, si juzgamos por lo que dice en sus cadenas de radio y televisión. Viene a ser como la encarnación contemporánea del fantástico Robin Hood, si nos atenemos a las historias que cuenta de sus torneos de flecha y espada con el príncipe Juan burgués de nuestros días a quien derrota desde la fortaleza de un micrófono conectado con los hijos de la patria. No se quiere ahora negar la vocación machacada por el moreno Tamakún del siglo XXI, sino apenas detenerse en el enemigo más reciente que ha descubierto. Se trata de un adversario formidable cuya cabeza cortará como Amadís la del dragón, pero sobre cuya existencia se pueden presentar observaciones que no dejan bien parado al gladiador, ni a la causa que va a librar.

En efecto, hace poco Maduro denunció la existencia de “situaciones de esclavitud” en Venezuela. Estaba dando unos tijerazos con dedal como parte de su revolución de “precios justos”, cuando fue sorprendido, según aseguró en cadena nacional, por situaciones de dependencia debido a las cuales los seres humanos pierden sus derechos para convertirse en objetos manipulados por patrones inmisericordes. Hombre de suerte, ha topado con una causa que hubiera deseado para su cruzada el Gigante que lo convirtió en discípulo de las escaramuzas contra el capitalismo salvaje, lo ha colocado la providencia en la cara de un propósito frente al cual se hizo el pendejo Ezequiel Zamora. Pero apenas de suerte relativa, porque no solo debe ponerse a pelear con los negreros que ha descubierto a última hora, sino también a explicar cómo una revolución madura de quince años y antigua en materia de inspiraciones, ha permitido el regreso de la esclavitud al reino de la equidad bolivariana.

La esclavitud, según se entiende en la actualidad, es una operación masiva de compra-venta de personas a quienes se coacciona brutalmente debido a deudas u obligaciones que han contraído y no pueden satisfacer. Las acreencias impagables convierten a una considerable multitud de individuos, especialmente niños y mujeres, en objetos semejantes a una mercancía de la cual lucra un equipo de traficantes que despoja a sus deudores de la condición de hombres para someterlos a una explotación parecida a la que ocurría con las “piezas” traídas de África para trabajar en las plantaciones americanas entre los siglos XVI y XIX. Este tipo de inhumanas operaciones requiere una organización meticulosa que facilita los movimientos de la trata, y habitualmente sucede en regiones fronterizas cuya extensión no permite un control eficaz de las autoridades. La trata depende de bandas temibles, tiene ramificaciones transnacionales, produce ganancias exorbitantes y multiplica la presencia de sujetos como los “coyotes”, unos desalmados a quienes se acusa de millares de muertes y tropelías a costa de la necesidad de unas criaturas acosadas por el hambre y por el desempleo.

Pues bien, Maduro asegura que existen situaciones semejantes en Venezuela. Las acaba de descubrir y va por ellas con todos los hierros, no faltaba más. Seguramente recibirá el respaldo de toda la sociedad, pero también una petición de explicaciones. En una revolución como la que se viene pregonando desde hace tres lustros no pueden suceder situaciones monstruosas como la descrita, a menos que la charlatanería haya predominado sobre las acciones contra la explotación de los ciudadanos más necesitados de ayuda oficial. Cuando Maduro descubre la esclavitud mientras le sigue la pista a la aguja de otro pajar, exhibe la ineptitud y la irresponsabilidad de un proyecto político cuya razón de ser, según ha propalado ante quien lo quiera oír, ha sido la protección de los pobres. Resulta que, de acuerdo con lo que ha atisbado entre zurcidos y tijeretazos, “hay situaciones de esclavitud en Venezuela”. Terrible confesión en la víspera de unas elecciones municipales, pero también materia capaz de indicarnos las falencias del socialismo del siglo XXI, si no estamos ante una pantomima de abolicionismo.