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Oswaldo Álvarez Paz

Reto a la nación

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Venezuela camina hacia peor. Nicolás Maduro ratifica con su conducta diaria nuestra convicción sobre su incompetencia para desempeñar el cargo de presidente. No se trata sólo del origen fraudulento del mandato, sino de la ignorancia que demuestran sus discursos y declaraciones. Lo grave es que tiene objetivos claros de dominación y permanencia en el poder a cualquier costo, y pretende seguir al pie de la letra el instructivo cubano. Pero lo hace de manera torpe y demasiado evidente. No podemos engañarnos sobre el peligro de su gobierno y de las crecientes contradicciones en el oficialismo, incluido el llamado comando cívico-militar de la revolución. El malestar es evidente. Aquí puede pasar cualquier cosa.

Como políticos de alguna experiencia, tenemos la obligación de ubicarnos en los peores escenarios posibles. Si no se dan, daremos gracias a Dios, pero si se presentan que no nos sorprendan, que los sorprendidos sean ellos al encontrarnos preparados, bien organizados para enfrentar cualquier eventualidad y derrotarlos en todos los terrenos. En voz baja se comenta la posibilidad, por ejemplo, de que las elecciones para alcaldes y concejales del 8-D sean suspendidas temporal o definitivamente. Sería consecuencia de graves disturbios y falsas acusaciones que ya se hacen abiertamente, sobre magnicidio, golpe de Estado, amenazas del imperio, supuestos sabotajes en diversos frentes vitales para la vida nacional y paremos de contar. Debemos estudiar esta posibilidad serenamente. A veces da la impresión de que el régimen está midiendo la capacidad de respuesta de la nación y la combatividad real de la oposición democrática. Hay quienes sostienen que lo del reciente apagón fue un ensayo del propio Gobierno con ese propósito. No sabemos, pero ocurren cosas extrañas. Todo es posible en este ambiente de confusión y derrota electoral que se respira en las alturas del régimen. De llegar a las elecciones, van a salir muy mal, y otra derrota popular sería un ataja fraude, mortal para quienes tienen las mayores responsabilidades.

Somos un país insólito. Estamos presididos por un tipo que no sabemos si es venezolano, colombiano o apátrida, sin partida de nacimiento conocida. Hasta hace poco tuvimos un presidente que murió y no hay partida de defunción legal que especifique el día, la hora, las causas reales de la muerte y los nombres de los médicos tratantes que certifiquen los datos. Nos vamos acostumbrando a vivir en medio de la farsa, el disimulo y la mentira oficial. Sin Constitución, sin ordenamiento jurídico democrático, sin el orden esencial que los ciudadanos necesitan para vivir con normalidad, presenciamos el calculado proceso de destrucción de las instituciones públicas y privadas para convertirlas en dependientes del Estado-gobierno hasta para tomarse un vaso de lecho o comer un poco de pan.