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Ramón Hernández

Dólar preso, hambre libre

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Ricardo Sanguino se toma el café despacio y casi no levanta la cabeza. Contesta con monosílabos. Es el diputado del PSUV que preside la Comisión de Finanzas y Desarrollo Económico de la Asamblea Nacional. Algunas tardes de domingo las pasa en una que otra cafetería del sureste. Se confunde con los parroquianos con su guayabera blanca. Los guardaespaldas están en otro sitio, pero no menos estratégicos.

Junto con Jorge Giordani y los demás integrantes de lo que por economía de lenguaje se ha denominado «gabinete económico», desde 2010 ha tenido sobre sus hombros la responsabilidad de negar dólares a la industria privada y a los particulares. Pretendían cerrar el grifo para que la economía capitalista terminara de derrumbarse, sin importarles la consecuencia inmediata: hambre y desolación. La cruzada que emprendían Giordani y sus socios non sanctos repetía la criminal colectivización que impuso Stalin en la hasta entonces productiva Ucrania, el granero de Europa.

Casi cuatro años después, los estantes vacíos de los supermercados, las fallas recurrentes de los productos básicos, la escasez de medicinas y equipos médicos, la falta de papel higiénico, la desaparición del jabón, el cierre de la producción de vehículos y otras calamidades que nos amargan el diario vivir no son, para los propagandistas del Gobierno, la consecuencia de la guerra contra “las miserias del capitalismo”, como lo denominó el fablistán William Castillo y su equipo de investigadoras, sino la respuesta de los vendepatria al avance del socialismo. Locus externo: tú me matas, pero yo soy el asesino.

Si fuese cierto eso de las salas situacionales y los cubanos que trazan tácticas y estrategias para convertirnos mediante técnicas psicológicas en poco menos que coprófagos, se podría inferir que aplican la teoría del economista Sendhil Mullainathan y del psicólogo Eldar Shafir, quienes han demostrado que la escasez de algo, o la sensación de escasez, tiene efectos perturbadores en el cerebro humano. Toda su energía y voluntad las dedica a tratar de remediar la escasez, con lo que se embota y se torna inútil. Se cuelga, como cualquier computadora. Quizás sea la razón del inmovilismo generalizado y de la resignación para aguantar dos días en la cola de la margarina. Pero hay otras teorías también aplicables, como la rebelión de los hambrientos habitantes de Castilla, cuando el rey los dejó sin trigo ni altramuces y le saquearon los castillos.

Mientras que el inconveniente se multiplica como una bola de nieve, no hay neuronas disponibles para encontrar la solución más simple y fácil: dejar el dólar libre. Su control trajo todos los problemas. Hay suficientes divisas, Rafael Ramírez dixit. Sin inventario, nada que vender.