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Enrique Krauze

Diálogo en Princeton

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Hace unos días, en el venerable e intimidante McCosh Hall de la Universidad de Princeton (famoso porque allí Einstein impartía sus conferencias) Mario Vargas Llosa y yo sostuvimos un diálogo sobre Latinoamérica. Él, que por lo general ha tendido al pesimismo, se mostró optimista con respecto a los avances y perspectivas de la región. Yo, que he pecado de lo contrario, mostré mis reservas. Él vio el vaso medio lleno; yo, medio vacío. Todo es relativo.

En una idea básica coincidimos: nuestros países han hecho progresos notables en los últimos años. Basta un mínimo de memoria, sentido común y buena fe para apreciar que, comparada con los tiempos de los golpes de Estado, los regímenes militares y las guerrillas milenaristas, los años de las inflaciones estratosféricas y las espectaculares quiebras, América Latina ha desplegado (en lo general) una madurez sin precedente en su azarosa historia. Nuestra proclividad a la anarquía y la dictadura ha derivado, nadie sabe cómo ni por qué (quizá por agotamiento), en un respeto al menos formal por la democracia electoral. Igualmente alentador ha sido el desempeño económico en medio de la crisis global: hemos sufrido sus efectos, pero hemos mantenido una solidez tan inesperada como envidiable. Además, muchos gobiernos han aprendido la lección de no relegar los problemas sociales hasta que estallen, e instrumentan programas de atención a la población más necesitada o marginal.

Para Vargas Llosa, el mejor ejemplo de progreso es su propio país, Perú, que fue siempre motivo de mortificación y ahora lo es de orgullo. No es para menos. El país crece, la democracia se sostiene, los programas sociales funcionan. Mencionó algunos ejemplos de ascenso social alucinantes, casos de familias que han pasado de la pobreza y la marginación al éxito global (por ejemplo en la industria textil). Lo más sorprendente de todo –dijo– es la forma en que el progreso material está limando las duras aristas del racismo peruano: “Ahora los protagonistas de la economía, visibles en el comercio y la industria, son cholos”, es decir, los mestizos, siempre relegados por la arrogante aristocracia. Y aun los indígenas bajan de sus guaridas milenarias a integrarse al crisol nacional. Perú está muy lejos de ser el Edén mitológico que representó alguna vez para la imaginación europea (hay intensas protestas sociales en el sector minero y casos alarmantes de corrupción) pero está –no hay duda– en el camino a ser un país mucho menos pobre, dividido y desigual de lo que por siglos ha sido.

La charla tocó de prisa varios países. Uruguay, donde un gobierno socialdemócrata de izquierda moderada no sólo pone ejemplo de coherencia económica y continuidad democrática, sino que ocupa un lugar de vanguardia en temas delicados como la liberalización del uso de la marihuana. Brasil, cuyo crecimiento se ve empañado ahora por los escándalos de su endémica corrupción. Chile, cosechando –a pesar de las cicatrices que no cierran– los frutos de su casi bicentenaria tradición republicana.

Frente a estos casos, Vargas Llosa argumentó que el llamado “socialismo del siglo XXI” (versión pálida del cubano) no tiene atractivo para las jóvenes generaciones, recordó la aguda crisis económica de Venezuela y la resistencia de los obreros venezolanos a las medidas de un régimen que se sostiene mediante la mentira pública sistemática, el saqueo del petróleo y la corrupción que ha envenenado al propio Ejército. Finalmente, mostró su preocupación por la violencia y la corrupción, pero remató con una nota positiva: “En América Latina ya podemos hablar de un consenso sobre la democracia y la libertad de mercado, ya sea en su variante liberal o socialdemócrata”.

Mi postura en este tema fue algo distinta. Creo que por razones culturales e ideológicas profundas, el populismo en sus diversas variantes (del peronismo al chavismo) es todavía una realidad poderosa y una tentación permanente. Y con recursos petroleros lo es aún más. Y creo también que los países de la OEA han dejado sola a la oposición venezolana, alzándose de hombros imperdonablemente ante el ahogo a la libertad de expresión que ocurre en ese país.

 “¿Y México? ¿Cómo va México?”, preguntó Vargas Llosa. “¿Hay peligro de que el crimen organizado infiltre al poder político?”. Lo que tuve que decir no lo alegró. Por un lado, regiones enteras de México están ocupadas por el crimen (en todas sus variantes), de modo que los criminales no necesitan infiltrar un poder que ya tienen en los hechos. Pero igualmente grave me parece nuestra interminable discordia política. Tras el fracaso político del PAN en el gobierno, la llegada del PRI –a pesar del ánimo reformista del gobierno– se ha vivido por muchos como un regreso a los tiempos de la presidencia imperial. Y la izquierda, que en 2012 pudo y debió tener su turno, prefirió un liderazgo radical a uno moderado que hubiese atraído las simpatías de todo el espectro político.

Este liderazgo radical refleja las pasiones e ideas de un sector significativo de la población y la opinión pública. Una parte de ese conglomerado pone en tela de juicio la existencia misma de la democracia representativa en México. Otra parte va más lejos y desdeña ese orden político a cambio de una reedición de la “voluntad general” rousseauniana que no se expresa en los votos sino en las manifestaciones masivas. Ambas corrientes mantienen arraigadas convicciones estatistas y nacionalistas, repudian la libertad de mercado (aun en su versión mixta, como la de Brasil) y piensan que los programas sociales instrumentados estos últimos 20 años valen poco o nada. Esta oposición al proyecto liberal o socialdemócrata tiene raíces antiguas y recientes, motivos cínicos e idealistas. Todo mezclado. Pero el hecho es que su existencia refuta el consenso que Vargas Llosa celebra en casi todo el continente.

En México no nos ponemos de acuerdo sobre el rumbo que debemos seguir. Tampoco nos ponemos de acuerdo sobre cómo llegar a ese acuerdo. O cómo administrar el desacuerdo. Nuestra discordia política nos corroe.