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Leopoldo Tablante

El triunfo de la agonía

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Corría el año 1979 y mi abuela materna tenía un placer morboso: todos los domingos, a las 10:00 de la noche, sintonizaba el canal 5 (la vieja Televisora Nacional) para ver un enlatado médico gringo llamado Agonía y Triunfo. Durante una hora, Agonía y Triunfo exhibía los casos más extremos de la realidad médica del norte: la enferma de cáncer sometida a una quimioterapia estéril, el ciclista arrollado por un camión y reconstruido gracias a una reingeniería de quirófano o la paciente atacada por una insuficiencia cerebral que apenas le permitía percibir la realidad como fotografías separadas y en blanco y negro.

Ciencia y tecnología eran protagonistas de esas historias que funcionaban como un tratado de la fe. Los médicos mostraban una desenvoltura blanca y precisa que hacía pensar en el carisma de la esperanza. Cuando ese mismo año sufrí un accidente del que no quiero acordarme, mi traumatólogo de emergencia, el doctor Miguel Pernía, se conducía por los pasillos de la Clínica Santa Sofía con una actitud de empatía profesional y zapatos blancos y mudos que parecía calcada de la serie. Bata impecable, asertividad de carnicero recio acostumbrado a las fracturas abiertas y una admonición pronunciada con voz de consuelo: «Es lamentable».

Se refería al estado del hueso radio de mi brazo izquierdo, lo mismo que pienso yo cada vez que voy al gimnasio y me distraigo del esfuerzo mirando CNN.

Después del anuncio publicitario de una cadena de restaurantes que sirve langostas bañadas en mantequilla, viene otro de un medicamento antidepresivo, de una pastilla contra el reumatismo o de un catalizador de la presión sanguínea que resuelve por día y medio la hora menguada de la disfunción eréctil. Los figurantes que animan esos anuncios son parejas maduras que se prometen ternura con los ojos, nadadoras de 60 años que avanzan en el mar con la determinación de quien quiere bracear de Cuba a Florida, o suicidas estabilizados gracias a la bioquímica en la paz de un horizonte artificial. De pronto, la serenidad da al traste con las advertencias de los posibles efectos secundarios de las medicinas o con las abruptas interrupciones de despachos de abogados que ofrecen servicios para demandar laboratorios o empleadores que dañaron a las personas con drogas mal mezcladas o con atmósferas de trabajo nocivas.

Los mensajes de los laboratorios tienen un propósito: recordarles a los televidentes que los seres humanos son propensos a sufrir una condición que puede tratarse con una píldora. Porque las enfermedades, somáticas o psicosomáticas, mueven montañas. En 2005, Estados Unidos concentraba 58% de las ventas de fármacos en el mundo y alojaba 8 de los 15 principales laboratorios globales; en 2009, la industria farmacéutica de ese país invirtió 34,2 millardos de dólares en investigación que se tradujeron en ingresos casi 6 veces superiores; en 2010, los gastos en materia de salud equivalieron a 16% del producto interno bruto (2,3 billones de dólares). En ese circuito había 2 conjuntos medicinales «dinámicos»: el que congregaba medicamentos asociados con los síntomas de la mala alimentación o el sobrepeso (Actos, Crestor, Epogen, Lipitor, Nexium y Plavix), que generaron 30,2 millardos de dólares; y el que reunía los que tratan cuadros depresivos, bipolares o psicóticos (Abilify, Cymbalta y Seroquel), que engrosaron 13,7 millardos de dólares. ¿Qué mente empresarial se deja convencer de la necesidad del seguro médico universal en medio de semejantes pulsaciones?

Entre comidas procesadas industrialmente y los trastornos de una sociedad de competidores solitarios y frenéticos que no sabe cómo fijar un punto medio cuando la euforia se acaba y la familia y los amigos se dispersan, la enfermedad en Estados Unidos es un tiro al piso. Y en ese contexto, la publicidad tiene un propósito: convencerte de que estás mal, de que necesitas desembolsar otra tajada para curarte o, peor, para plantarles querella a los empleadores o a los laboratorios que te envenenaron o convirtieron a tu ser querido en las cenizas del ánfora dorada que, silenciosa, decora con su ausencia el recibo de tu casa.