• Caracas (Venezuela)

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Elsa Cardozo

Escalada

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Finalmente fue publicada la modificación del decreto que crea el Centro Estratégico de Seguridad y Protección de la Patria. Quedaron eliminadas las referencias a “la actividad enemiga interna y externa” y la obligación de organismos privados a atender los requerimientos de la “Dirección Político Militar de la Revolución”. Pero quitar de su redacción elementos tan característicos de los regímenes de seguridad nacional no los elimina de una práctica de creciente control ni del discurso y las iniciativas que tratan al país como un campo de batalla, y al disidente como enemigo existencial que amenaza intereses vitales, es decir, la irreversibilidad de la revolución. Son en extremo graves las implicaciones de tal manera de asumir gravísimos problemas de gobernabilidad. No lo son por la fortaleza del gobierno, sino por su debilidad y por los recursos que, para compensarla, se va mostrando dispuesto a utilizar.

Una actitud cada vez mas visiblemente impregnada de violencia ha escalado aceleradamente en los meses de gobierno de Nicolás Maduro. Así ocurrió con la represión verbal y física seguida por la criminalización contra las protestas opositoras frente al desigual, reñido y opaco proceso electoral del 14 de abril. Se manifestó de modo inaudito con el silenciamiento y la agresión física ejercidos el 30 de abril en la sede de la Asamblea Nacional contra diputados de la Mesa de la Unidad Democrática, violencia que no encontró freno ni condena gubernamental. Le siguieron las repetidas amenazas de apresamiento contra Henrique Capriles, el desafuero de uno de los diputados opositores y el proceso en marcha contra otros dos. En el camino, han aumentado las presiones para sofocar los pocos medios de comunicación independientes que van quedando. Todo ello en circunstancias en las que se intenta sumar, a como dé lugar, los votos para dar poderes especiales al presidente con un alcance en cuya discusión solo participa el oficialismo.

El aumento de la represión sobre críticos, disidentes y opositores se multiplica por muchas vías, alentado por graves signos de ineficiencia de un gobierno que no ha sabido dialogar ni siquiera con sus propias filas y todo lo ha querido someter a designios unilaterales. Esto ha conducido a una situación en la que se combinan el acelerado deterioro de la calidad de vida de los venezolanos y las razones de inconformidad frente al gobierno; el activismo a lo largo y ancho del país de una opción opositora democrática organizada y, no menos importante, la acumulación de evidencias de la ineficiencia gubernamental y de los fraccionamientos, pugnas y caos en su interior. Todo ello en la cercanía de un proceso electoral con visos plebiscitarios.

De allí la gravedad de lo que alientan las palabras y los afiches que descalifican y criminalizan a tres dirigentes opositores, descritos como “trilogía del mal”, líderes que se cuentan como los más entregados y visibles en su actividad política y cercanía al electorado. De allí lo preocupante de la incesante referencia gubernamental a la guerra económica y los enemigos de la patria, mientras sus propias acciones y omisiones agravan la situación de la economía. De allí lo oscuro de la ruda movilización oficialista para bloquear la marcha de empleados de la Gobernación de Miranda, y lo temerario de las palabras del presidente sobre la disposición del gobierno a movilizar gente en la calle para defenderse. Signos inequívocos de una oscura escalada.