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Elizabeth Fuentes

Una peluquera en Nueva York

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Cualquier buen guionista tendría material parejo para realizar tremenda película del tipo “basada en hecho reales” que tanto fascina a los espectadores. La trama contendría las claves básicas para el éxito: poder, sexo, teorías de conspiración y sobre todo, mucho, mucho, mucho dinero. Las escenas violentas, que suelen ser costosas, podrían resolverse con material documental, que tenemos de sobra, lo que aliviaría el costo de la producción.

La sinopsis podría ser algo más o menos así: una caravana de 24 camionetas blindadas atraviesa Nueva York, se detiene en el lujoso hotel Grand Hyatt y, una tras otra, se van bajando 120 personas, todas igualitas. Nadie distingue quién es el presidente o la primera dama o los guardaespaldas cubanos, o los médicos cubanos, o las amigas, hijos y nietos de la primera dama que se fueron a rumbear con ella los dineros de un país latinoamericano en ruinas. En fin, nadie sabe al principio quiénes son los verdaderos protagonistas hasta que, en la segunda toma, la cámara va descubriendo el lujo de la suite principal que permite una vista espectacular de Manhattan a través de todas las ventanas de sus 1.300 pies cuadrados: “¡Mira, hay un Imacs en cada cuarto!”, dice ella.

—¡Chamo, el equipo de sonido es Bose y tenemos tres pantallas planas gigantes! –lanza el nieto tres cuartos más allá, mientras las amigas de la primera dama comienzan a esconder en los maletines de mano los productos de baño June Jacobs para que la mucama los reemplace al día siguiente y volvérselos a palear.

En fin, muy grotesco todo, muy Robert Rodríguez. Hasta que, de espaldas, vemos la figura de la verdadera protagonista (tiene que ser un hambrón, tipo Jennifer López o Penélope Cruz, digo por la taquilla), un trasero enorme que entra en la suite presidencial con un sospechoso maletín en la mano. Lo abre y justo cuando los espectadores juran que va a acribillar al presidente, lo que saca es un secador de pelo y dos cajitas de tinte –uno negro, otro rojo–, que la peluquera deberá probar primero en las canas de  los guardaespaldas cubanos, aunque en su pasaporte diga que son supervisores estéticos.

“Me cago en diez”, se lamenta bajito uno de ellos, ligando que, al menos esta vez, le corresponda el tono Negro Terciopelo.

Cuando la peluquera presidencial saca las tijeras y las acerca a la cabeza de la primera dama, se atraviesa Tarantino en el guión y mediante un trabajo de edición perfecto, la tijera le corta la yugular a un preso de una cárcel inmunda. Se abre la toma y vemos una trifulca dantesca. En un contrapunteo de imágenes perfecto, mientras los encargados de la seguridad interna de la comitiva descubren las bondades de las distintas botellitas del wet bar, los presos se emborrachan celebrando la exhibición de los corazones de sus enemigos de celda. No hay luz ni agua en las cárceles, sólo balas y fusiles de asalto, llora una señora ante las cámaras, justo cuando el presidente se mide el albornoz para averiguar si le consiguieron el talla XXL que exigió cancillería. Ordena una suculenta cena a la habitación cuando se entera –ya no se puede viajar tranquilo, qué vaina–, de que las toneladas de alimentos que mandó a comprar con los millones de dólares que pidió prestado para poder ganar otras elecciones no se podrán descargar a tiempo, porque no hay camiones ni vías ni puertos que sirvan para nada.

Y si bien pensaba atravesar una historia de amor en este desmadre, la imaginación no da para tanto. Quizás un chico conoce a una cajera de un automercado y se enamoraron en la cola. O la amante de uno de los militares que fue en la comitiva, se puso furiosa porque no la llevó a Nueva York y  lo amenaza  con revelar todo lo que sabe sobre la tonelada de cocaína que mandaron a Francia. Aunque la que más me gusta es la de la peluquera: se enamoró de uno de los cubanos pero ella no sabe que es un agente de la CIA y le entregó copia de todos los documentos de identidad del presidente, lo que conduce a su caída.

Ya Emilio Lovera dijo que aceptaba el papel, pero que tiene que trabajarlo mucho. Sobre todo debe engordar, pero la broma es que no hay harina, ni arroz, ni leche ni…