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Elio Gómez Grillo

Así nació la criminología

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Un joven sabio italiano que se llamó César Lombroso (Verona, 1836; Turín, 1909), médico psiquiatra, ejercía su profesión en las cárceles de su país con los presos que había en ellas, naturalmente. Los caracteres de esos prisioneros los venía estudiando desde hacía años, tratando de encontrar en dichos sujetos la explicación de su conducta.

Y confía haber hallado definitivamente la clave del asunto en el cerebro de un famoso bandolero calabrés septuagenario llamado Vilella, quien acababa ser abatido por los carabineros. Al practicarle la autopsia, Lombroso encuentra en la cabeza del sujeto una depresión característica de nuestros primeros antepasados e impropia en los hombres de hoy, como lo es la foseta media de la cresta occipital, en lugar de la protuberancia que normalmente se halla en el cráneo humano.

Aquel joven sabio cree haber desentrañado el enigma referido acerca de la naturaleza del delincuente: Es un “ser atávico –así lo diagnostica textualmente– que reproduce en su persona los instintos feroces de la humanidad primitiva y de los animales inferiores”. Es decir, que el delincuente no sería otra cosa que un primitivo nacido con un retraso de cientos, quizás de miles de años. Se trata de un ser extemporáneo, un salvaje resurrecto cuya conducta corresponde a la de la época antediluviana en la que debió haber vivido.

Esas características no son únicamente de naturaleza ética, psicológica. También lo son físicas, anatómicas. Monstrum in fronte, monstrum in animo, el delincuente tendría rasgos corporales semejantes al hombre prehistórico o del Mogol.

Así nace la teoría del atavismo y así surge la Criminología Científica, a la que Lombroso llamó Antropología Criminal. Un edicto medieval que cita Lombroso incorpora la nota pintoresca al grandioso acontecimiento científico que está ocurriendo. Ese edicto ordena y consagra nada más y nada menos que: “En caso de duda sobre uno u otro culpable, aplíquesele la tortura al más feo de los dos”.