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Miguel Ángel Benedicto

EEUU y la UE deben parar a Putin

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Estados Unidos y la Unión Europea deben afianzar los lazos entre ambos lados del Atlántico dentro de lo que son los valores occidentales de respeto a los derechos y libertades individuales, fomento de la economía de mercado y respeto del imperio de la ley para frenar la afrenta rusa en Ucrania. Quizás Crimea esté ya perdida pero se debe evitar el contagio al este de Ucrania. 

La reacción imperialista de Putin, pese a la estrategia equivocada de la UE, debe mantener unido al bloque occidental para que Rusia no logre socavar el orden posterior a la Guerra Fría. Occidente debería encontrar una solución negociada pero firme con el apoyo de los mecanismos diplomáticos, económicos y militares, si es necesario, que proporcionan organizaciones como el G-8, la OTAN, la OSCE o Naciones Unidas. Para ello es necesaria la unidad en política exterior que hasta ahora brilla por su ausencia entre los 28 Estados miembros de la UE con el fin de frenar la doctrina de injerencia rusa. De lo contrario, la siguiente puede ser Moldavia, Kazajstán, Bielorrusia o cualquiera de las antiguas repúblicas soviéticas. Si hay sanciones económicas o comerciales, no puede haber vetos de Reino Unido, porque es un centro financiero para los oligarcas rusos; o de Alemania e Italia, grandes importadores de gas de Moscú; o de España, uno de los mayores receptores de turistas. Los 28 deben actuar al unísono, en el caso de congelación de activos, restricciones de visados, dejar de comprar gas o petróleo a Rusia, aumentar fuerzas de la OTAN en la frontera o enviar una misión de observadores de la OSCE.

Además, esas respuestas deberían coordinarse con Estados Unidos, para que las medidas pudieran funcionar como en el caso de Irán. Es obvio que la UE se verá más afectada si las sanciones entran en vigor porque la interdependencia comercial y económica con Rusia es mayor y también influye la vecindad geográfica. Pero se deben buscar alternativas por ejemplo, energéticas, a corto y medio plazo. En este punto la solidaridad del otro lado del Atlántico debería estar presente a través de las exportaciones de gas a precios razonables con o sin firma previa del Acuerdo de Libre Comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea. 

Las sanciones económicas y diplomáticas deberán verse respaldadas por una amenaza creíble de la fuerza. La crisis económica y el cansancio de la opinión pública han hecho mella en el presupuesto de defensa de Estados Unidos que va a recortar los efectivos de su ejército a 440.000 hombres, cifras no vistas después de la II Guerra Mundial. En la UE los presupuestos de defensa de los 28 también se han visto recortados por la crisis. Washington no quiere seguir siendo “el policía del mundo” y la UE debe hacerse mayor y responsabilizarse de un conflicto que surge en sus fronteras y con un vecino que quiere ser potencia regional y va a seguir creándole problemas a medio plazo. El problema es que la opinión pública europea no suele ser partidaria del gasto en defensa ni del uso de la fuerza. Y en este punto, lo que une a las dos orillas es la OTAN. Una organización debilitada tras la guerra de Irak en 2003 y el fracaso en Afganistán. La crisis de Ucrania debería servir para poner en valor el papel de la Alianza y enviar un mensaje de unidad a Rusia con un refuerzo militar en las fronteras de los bálticos, Polonia y Rumania. 

Sin embargo, cabe la duda de que el acorralamiento a Putin pueda generar una mayor agresividad. La humillación rusa tras la Guerra Fría y el resentimiento de un pueblo que quiere volver a ser grande ha encontrado en Putin a su nuevo zar. El Kremlin tiene fortaleza económica y procura engendrar un fuerte sentimiento nacionalista. Además, el presidente cuenta con el apoyo de 67% de la población, según datos de marzo de 2014; y 69% de los rusos acusan a Occidente y a la oposición ucraniana de haber provocado el conflicto y la violencia. 

El intento de anexión de Crimea puede estrechar los lazos transatlánticos o debilitarlos al nivel de conflicto de Irak. Todo ello cuando se negocia un acuerdo de Comercio e Inversiones entre la UE y Estados Unidos, que podría facilitar la exportación de gas de esquisto desde Estados Unidos con el fin de reducir la dependencia energética de Moscú. 

Washington y Bruselas forman el mayor bloque comercial del mundo y defienden unos valores comunes. La Cumbre de Bruselas de finales de marzo debe servir para reafirmarlos. De lo contrario, la doctrina Putin de injerencia y violación de las normas internacionales podría correr como la pólvora en este mundo globalizado.