• Caracas (Venezuela)

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Eduardo Semtei

De la guerra mediática a la guerra económica  

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No pertenezco al círculo íntimo de Jorge Roig. Sé de sus andanzas empresariales y políticas. Fue diputado por el estado Bolívar, elegido en las listas de la Causa R. En aquellas elecciones que el cacique Andrés Velázquez jura haber ganado. Su compromiso con Guayana y con Venezuela es inequívoco. Hasta solemne. Incluso medio religioso. Es un demócrata convencido. Exitoso empresario. No es precisamente un neoliberal salvaje ni un conspirador conspicuo, mucho menos un traidor. Es un venezolano. Ganó la presidencia de Fedecámaras con un discurso inclusivo. Con el lema de reconocer al gobierno. De entendimiento. De paz laboral. De reconciliación. Rompiendo con Carmona. Con sus ideas, procedimientos, amigos y conductas.

Roig cree que para sacar a Venezuela hacia adelante hace falta un esfuerzo conjunto entre el Estado y el sector privado. Pero Giordani no piensa así. Para Giordani todo empresario es canalla. Todo contratista, corrupto. Todo organización privada, un centro conspirador. Aunque Giordani se guinda de los testículos de brasileños, chinos, rusos y cubanos. Y, a veces, hasta de españoles y portugueses. Esas sí son empresas y empresarios buenos, baratos y bonitos. Los nuestros son malos, caros y feos. Qué antipático es ese Lorenzo Mendoza. Se las echa de ser egresado de Harvard, repite Giordani vagamente. Ve en ellos, y eso les trasmite a Maduro y a sus lugartenientes, los responsables de su propio fracaso. Y entonces dispara la frase guerra económica.

Es un asunto cívico y militar. No se trata de que la política económica sea un disparate. Una locura. La vaina es que hay una guerra. Un ejército enemigo dirigido por Jorge Roig. Y del lado rojo, Giordani, con dos libros de Ernest Mandel y uno de Sai Baba. Una mezcla explosiva. A veces consulta a Marx. Los dos tomos de El capital están al lado de una escultura de Chávez y una foto del Che. Más abajo tiene el título de magister que obtuvo en Inglaterra. En Planificación. Otra señal preocupante. Claramente demencial. Dios Santo, en qué manos estamos.

Ya no se habla de la guerra mediática. Compraron Globovisión. La Cadena Capriles. Tienen cercado a Venevisión. A Televen lo pegaron contra las cuerdas. Se vacilan TVES, ANTV, VTV, Canal I. Al sistema privado de radiodifusión cuando no lo cierran, lo estrangulan. Por decirlo de alguna manera: ganaron la guerra mediática. Izarrita se graduó de general. Pero ya no tiene nada qué comunicar. Salvo mentiras. Puede usar sus medios masivos como sustituto de aquel papel que escasea en los supermercados. Ya no sirven para un cipote.

Ahora le toca a Giordani ganar la guerra económica. Solo que el enemigo es el mismo. Dispara contra su sombra. Contra su imagen. Esa guerra la tiene perdida desde que adoptó el modelo ruso. Comunista. Soviético. La economía centralizada. La abolición de la propiedad privada. Sin embargo, hay contradicciones. Insalvables. Pobre Felipe Pérez Martí. Quien define el capitalismo financiero como el peor. Como el enemigo acérrimo. Y Giordani se arrodilla frente a él. Le rinde pleitesía. Ay con aquel banco de La Guaira de Vargas. Cómo hace gestos genuflexos ante su sola presencia. No se atreve a nombrarlo. Es un comunista convencido, pero lleno de miedo frente al gran capital financiero. Cobarde. Falso. Falso de toda falsedad. Un comunista impostor.

Ahora tienen un organismo que controla a Cadivi. El centro del vicio. El cadivismo, enfermedad infantil del chavismo. Un cadivismo sin responsables. Sin jefes. Sin cara. Un cadivismo acéfalo. Nadie sabe nada. La robadera no tiene cara. Ay, caray. Sí es verdad. Unos pilotos. Qué descaro. Sus dos guerras. La mediática. Que a fuerza de dinero. Poder público. Chantaje y amenazas la ganaron dejando tirones de piel. Y la económica. Su derrota. Su tumba. En su epitafio se leerá: Aquí yace Giordani el Rey Dasmi (Midas al revés) que convirtió el oro en... Y Felipe Pérez Martí será el director del orfeón de plañideras.