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Eduardo Mayobre

Reinaldo Leandro Mora

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Venezuela ha perdido a una de las personalidades más valiosas de su último siglo y de su democracia: Reinaldo Leandro Mora. Yo he perdido a uno de mis maestros más queridos. Profesor, diplomático, político de altura, Leandro Mora enseñó con su obra y su ejemplo una manera de actuar que llamaba a la concordia y al entendimiento entre los venezolanos, sin abandonar cada uno sus aspiraciones y principios. Ejerció y nos señaló un estilo. El de intentar comprender al adversario y acercarse a él con caballerosidad y sin prejuicios. El de respetar al otro ser humano.

Como educador por vocación y ministro de Educación, quizás eso era de esperarse. Como parlamentario y presidente del Congreso era lo conveniente. Pero se da el caso de que como ministro del Interior en una época en que se cultivaba la violencia armada también fue respetuoso con quienes predicaban la insurgencia. Lo que en ningún caso quiere decir que fuera débil. Su fortaleza consistía en saber hacía dónde debía dirigirse, no en proclamarlo a gritos o a porrazos.

Esto le condujo a iniciar el proceso de diálogo y reconciliación que le permitió a los insurrectos políticamente sensatos participar en las elecciones de 1969 con el nombre de Unión para Avanzar (UPA) y sentó las bases de lo que en el próximo gobierno, el de Caldera, se llamaría la pacificación. Esta última consolidó la democracia en Venezuela e hizo posible que en 1975 se aprobara por unanimidad la nacionalización de la industria petrolera, con el voto positivo del Partido Comunista y de los sectores conservadores, ya durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez.

Para su estilo de ministro de Relaciones Interiores conciliador y firme contribuyó una indudable sintonía de enfoque y de carácter con el presidente Raúl Leoni. Cinco años más tarde, cuando la segunda generación de dirigentes de Acción Democrática aspiraba a ejercer el liderato, compitió con Carlos Andrés Pérez por la candidatura presidencial de su partido. Luego fue considerado como posible candidato presidencial en las siguientes dos o tres elecciones. Pero tuvo la sensatez o sabiduría de comprender que, no obstante las simpatías que generaba, ya su máximo momento político había pasado.

Conocía a Leandro Mora formalmente pero sólo me acerqué a él, gracias a mi inolvidable amigo Javier Pazos, cuando le proponíamos que insistiera en su candidatura. Pero eran tan sólidas y realistas sus razones para desechar ambiciones personales que nos rendimos ante ellas. Fue entonces que conocí mejor al personaje.

Y me di cuenta de que tenía un calibre difícil de encontrar en Venezuela. Un hombre cultivado, un verdadero estadista, un hombre bueno. Alguien que concebía a un país que hoy día parece inalcanzable. Un país de hermanos y hombres cultos, en el sentido de cultura como solidaridad entre seres humanos. En el sentido que Friedrich Schiller, el gran poeta y pensador alemán del siglo XVIII, da a la máxima expresión de humanidad en su obra Cartas sobre la educación estética del hombre.

Según Schiller, el hombre “para conseguir la libertad debe concederla”. Con una argumentación que no tenemos espacio para reproducir Schiller afirma: “Solo el buen gusto conduce a la armonía en la sociedad, porque establece la armonía entre los individuos”. Leandro Mora es uno de los poquísimos políticos que en nuestro país ha cultivado el buen gusto. Fue un señor en la elegancia de su actuar y pensamiento.

Schiller añade: “El buen gusto conduce al conocimiento fuera de los misterios de la ciencia y lo coloca bajo el cielo abierto del sentido común, transforma así los privilegios de las ideologías en una propiedad común de la totalidad de la sociedad humana. En su ámbito aun el más poderoso debe renunciar a su grandeza y descender a la compresión de un infante. La fuerza debe ser sometida a la gracia”. Y concluye: “Cuando la propia naturaleza del pueblo gobierna su conducta, cuando la humanidad atraviesa las situaciones más complejas con una intensa simplicidad y una tranquila inocencia, no tiene necesidad de entrometerse en la libertad de los otros para reafirmar la propia o de ejercer misericordia a costa de la dignidad de los demás”.

Leandro Mora fue quizás el político que comprendió mejor entre nosotros la necesidad dela educación estética del hombre. No forzó situaciones pero tampoco evitó solucionarlas. Dio un ejemplo. Estableció un estilo. Nos dijo que más vale la dignidad del hombre que cualquier dogma al que se pretenda someterlo. Esa lección debiera estar ahora más vigente que nunca. Nos hace falta. También nos hace falta él mismo y su amistad. Por eso deploramos su ausencia. En palabras de Jorge Manrique: “Que aunque la vida perdió, dejonos harto consuelo su memoria”.