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Edgardo Mondolfi

La peripecia inicial

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A juzgar por el número cada vez mayor de monografías y estudios que salen del horno universitario, no cabe duda de que el régimen español de los siglos XVI, XVII y XVIII ha vuelto a concitar la atención de nuestros profesionales de la Historia. En mucho creo que incide en ello el estudio de la vida privada durante esos siglos iniciales de la formación histórica venezolana, como lo demuestra la muy acuciosa revisión que viene emprendiéndose de los archivos eclesiásticos y civiles y donde, junto con la fealdad y las disparidades del mundo colonial, convive la voz de quienes recibieron justicia o que, dentro de lo posible, obtuvieron reparaciones desde su condición de mujeres o esclavos. ¿En qué sentido ha sido provechosa tal experiencia? En varios, comenzando por esas estampas de la vida cotidiana que emergen de los documentos y que nos hablan de una sociedad mucho más compleja y dinámica de lo que comúnmente se supone. Cuando se habla del período colonial por lo general se habla, desde el prejuicio, de una etapa que resulta preferible condenar a la desatención.

Ocurre un poco en este sentido lo mismo que con la Edad Media europea, porque en nuestro imaginario siempre ha prevalecido la tradición de ver el periodo colonial como nuestra propia Edad Media, al menos desde la carga peyorativa con que ha tendido a juzgarse a ésta como una etapa tenebrosa de la civilización occidental. Y así como Voltaire se hizo cargo de calificarla como un prolongado hito de mil años de oscuridad, los ideólogos de nuestra independencia, en su afán por desmerecer de cuanto fuera y representara España, le dieron todos los tintes posibles de tenebrosidad a esa etapa de la Venezuela hispánica.

Hacía falta entonces un libro que frente a este renovado interés por el período hispánico, expresado en temas específicos de investigación, fuera capaz de ofrecer una panorámica renovada, y a la vez coherente y fluida, de lo que significó la construcción institucional, jurídica, urbana y económica de aquellos tres siglos de hispanidad. Ese y no otro es el objeto de Venezuela: 1498-1728, conquista y urbanización, el más reciente libro de Rafael Arráiz Lucca publicado por la editorial Alfa. Es un libro que, ya a partir de una sensibilidad distinta y provisto de nuevos instrumentos para la navegación historiográfica, entronca de algún modo con lo que en sus tiempos hicieran Caracciolo Parra Pérez y Mario Briceño Iragorry a la hora de ofrecer una lectura distinta y, a la vez, echar una mirada cuestionadora al peso negador que el período colonial tuvo, y sigue teniendo, desde la óptica romántica de nuestra emancipación.

Como llevo dicho, Arráiz va tomándole el pulso a la ruta institucional y económica de la Venezuela colonial, derrotando de paso muchos mitos. Por otra parte, si bien no excusa los excesos que advierte entre los factores que ejercían el poder, observa también el accionar de una justicia que fue lenta a ratos, pero asombrosamente expedita en otros. En tal sentido, el minucioso catálogo de ejecutorias que elabora lo lleva a concluir que en realidad fueron pocos los gobernadores de la Provincia de Venezuela que pudieron ser tenidos como hombres de horca y cuchillo. El mismo cuidado puede observarse a la hora en que el autor se niega a esquivar la corajuda resistencia que ofrecieron quienes, desde su condición de moradores originarios, prefirieron morir antes que verse obligados a adorar dioses ajenos.