• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

El gallo y la gata

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Mi vecino empleó a unos albañiles para hacer reparaciones en su casa: tumbar paredes, ampliar los baños... Los trabajos duraron algún tiempo con el consiguiente malestar de polvo y escombros amontonados en la acera. La mayoría de los obreros era haitianos, lo que explica la presencia de un gallo amarrado a la puerta. No era para asombrarse porque donde hay haitianos hay gallos, y desde los tiempos de François Duvalier, llamado Papa Doc, los gallos y los tenebrosos Voluntarios de la Seguridad Nacional conocidos como los Tonton Macoute ocuparon un lugar de siniestra importancia en la política de Haití.

Papa Doc asesinó al menos a 30.000 opositores y terminó de arrruinar un país que se sitúa entre los más pobres del planeta. Para consolidar su poder activó la tradición del vudú: era un hougan o sacerdote del vudú y le gustaba mostrarse como el Barón Samedi, dios de la muerte y de los cementerios. Siendo médico, degollaba gallos y practicaba hechicerías en la azotea del palacio. Es decir, ¡sabía lo que hacía! Mantenía aterrorizada a la gente mientras los Tonton Macoute ejecutaban sus matanzas. A su muerte, fue glorificado por sus seguidores como un dios, como ocurre siempre con los autócratas, y le sucedió su hijo Jean Claude, llamado Baby Doc, sátrapa a los 19 años de edad. Cuando Baby Doc fue derrocado en 1986 las gentes desenterraron el cuerpo del padre y lo “apalearon ritualmente” quizás para matarlo definitivamente.

¡El gallo de los haitianos escapó una mañana! Vi que cruzaba la calle moviéndose como un torero dispuesto a la gran faena de la tarde: con garbo, orgulloso de su rico y vistoso plumaje. Cruzó la calle y entró en el jardín de mi casa donde, con la majestad que le otorgaba ser su dueña, reinaba una gata dorada y elegante llamada Emerenciana. Corrí a su encuentro y el espectáculo que vieron mis ojos resultó memorable, porque era evidente que el gallo jamás había visto una gata y ésta jamás tuvo noticias de la existencia de algo semoviente llamado gallo. Se petrificó al ver a la gata venezolana que arqueó el cuerpo y se erizó preparándose para defenderse del peligro que representaba aquel desconocido que invadía sus dominios. ¡Así quedaron durante un rato, acechándose, escrutándose, midiéndose como boxeadores en un ensogado imaginario! ¡Finalmente, el gallo cantó! Hizo lo único que sabe hacer un gallo, además de pisar las gallinas o dejarse degollar por Papa Doc en la azotea del palacio. Al oírlo, Emerenciana escapó despavorida y uno de los obreros acudió a rescatar a su emplumada mascota.

Pero los trabajos continuaron y uno de los tormentos a que me vi sometido fue el de la radio que prendían y mantenían a alto volumen entre una emisora y otra desatando disonancias esquizofrénicas. No escuchaban ningún programa en particular; sólo mantenían distorsiones enloquecedoras. Desoían mis quejas; pero enfrenté la situación: puse en mi tocadiscos arias de Mozart cantadas por Kiri Te Kanawa y subí el volumen. Al terminar Mozart les hice oír La pasión según San Lucas, de Krzysztof Penderecki; luego, una selección de esa música arrecha, difícil y supercontemporánea que produce todos los años el Festival Atempo de Caracas. ¡Y claudicaron! Los escuché suplicar en creole, bajaron el volumen y sintonizaron la emisora. Obtuve una victoria sin las trampas, violencias, amenazas u ofensas que esgrime el régimen militar bolivariano en su trato con los opositores. Utilicé como armas de convicción y de defensa las que el régimen no tiene: asomos de cultura y de sensibilidad y no tuve que cantar como un gallo aterrorizado, gritar como haitianos masacrados por los Tonton Macute o erizarme como una gata encolerizada.