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Jonathan Reverón

Durmiendo con el espécimen

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“A los ciudadanos le transmitimos la imagen de un partido desfasado y anclado en el pasado, la gente espera algo más de nosotros, a los ciudadanos hay que ofrecerles alternativas que les hagan evolucionar y ser más felices… No hay nada más democrático que el placer”. Es parte del monólogo de una funcionaria de derecha que se rebela ante la cámara contra sus camaradas, hablándole dentro de una cocina a una mujer sedada. (La concejala antropófaga, Pedro Almodóvar, 2009).

En la concentración de los movimientos ecologistas, identificados con la revolución bolivariana, lo escrito sobre el papel es sensato y hasta hermoso: “...Denunciamos el atentado contra la vida en todas sus formas” –por cierto, Adriana Urquiola llevaba una vida en vías de formación dentro de su vientre, su asesino plenamente identificado está libre, como también lo está libre el dolor de sus familiares, amigos y compatriotas, entre los que me incluyo–. Irene Montaño, licenciada en biología (USB), quien leyó el manifiesto pro ecosocialista, también lamentó la muerte de los venezolanos “39 hasta la fecha”. ¿Quién los mató, licenciada?

Anoche intentaba regresar a mi casa –esquivando bolsas de basura que no fueron recogidas a tiempo– luego de debatir con un amigo la situación del país y las formas del amor; le consultaba sobre el estatus de la ley que promueve el matrimonio entre homosexuales. Me decía que probablemente en agosto entraría en el debate, yo todavía veo difícil que de la voz de un militar activo salga la palabra “aprobado”, reconociendo mi derecho. “Si yo fuera homosexual lo asumiría con orgullo a los cuatro vientos y amaría a quien me toque amar con el corazón, sin problemas, porque el peor homofóbico es el que siéndolo discrimina a los propios suyos; es como el capataz de las haciendas esclavistas, el negro traidor que le daba por la espalda a su compañero africano también; ese, el peor homofóbico, el que se niega a sí mismo y discrimina al igual: “¡Respeto para todos! [sic]”, dijo el presidente Nicolás Maduro el año pasado en la Filven 2013. También suena bonito.

La concejala antropófaga se mete pases de un puñado de perico y lo acompaña con un rico quesillo, en su mirada se interpreta el laberinto en el que está metida: milita en la derecha, pero en su fuero interno practica la izquierda, todo un espécimen que ha evolucionado a lo largo de siglos, y en nuestro caso a la inversa, quizás producto de eso que una vez me dijo otro director español: “No puedo opinar sobre este país, porque cuando vengo me quedo por muy poco tiempo, pero diría que Venezuela es un país con extraños compañeros de cama”.