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Luis Pedro España

Durmiendo con el enemigo

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Con este asunto del diálogo varias veces nos encontramos con el argumento de si se debe negociar, pactar o acordar con el enemigo. Ese planteamiento confrontacional y su negativa como corolario, más que de los dos extremos, fue una práctica gubernamental que en el presente han tomado los ortodoxos del chavismo para sí.
Se pierde la cuenta de las veces que el presidente Chávez se negó siquiera a conversar con cualquier factor distinto de los leales al gobierno y, cuando hizo falta algún tipo de acercamiento, no solo fue puntual, de uno a uno, sino que, además, la mayoría de las veces, o siempre que pudo, fue en secreto.

Esto respondía a dos factores. En primer lugar, al objetivo político de la perpetuación. Una de las estrategias para mantener al gobierno como único referente de lo público era ignorar al otro, y la mejor forma fue desconocer cualquier posibilidad de encuentro, hacer mención de la existencia del contrario solo para insultarlo, y dejar caer la suicida, más que autárquica idea, de que negociar era traicionar. El segundo, más que una meta fue un medio. La bonanza petrolera y los márgenes de maniobra posteriores a ella permitieron que las prácticas socarronas, retadoras y la política de hacer “lo que me viene en gana”, fuera posible.

Pues bien, hoy, cuando la gobernabilidad del presente depende precisamente de la colaboración de los que hasta hace nada consideraban sus enemigos, por innecesarios y prescindibles, tales prácticas se convierten en un lastre que le impide al gobierno avanzar. No importa qué tantas veces se multiplique el precio del barril por los volúmenes de exportación, la cuenta sencillamente no da. Sin el concurso de la producción nacional, sin la agregación de valor por parte de la economía doméstica, este país se morirá de hambre, y lo peor es que el tiempo necesario para la reanimación del sector privado nacional y extranjero será mucho más largo del que se utilizó para destruir las más de 4.000 empresas que ya no existen o sustituir las que fueron indiscriminadamente compradas, nacionalizadas o expropiadas.

La crisis de oferta, que es la principal, pero de ningún modo la única causa de la trágica economía real que padecemos en forma de desabastecimiento e inflación, solo podrá superarse si se crean las condiciones para la producción, y eso no solo consiste en llegar a acuerdos de precios y promesas de disponibilidad de divisa, sino del replanteamiento de toda la política económica estatista y controladora que nos trajo hasta acá.
Obviamente, y más por los costos sociales implicados que por la sensibilidad ideológica del régimen, todo el andamiaje de controles y regulaciones que minan la confianza (cuando no inviabiliza), los incentivos para invertir requieren de una estrategia de cambios y moderaciones para que el “castillo de naipes” de este socialismo petrolero no se desmorone con las primeras medidas. Por más que muchos crean que esa tarea gradual del desmontaje de la actual inviabilidad económica no es posible, luce más que razonable que el gobierno trate de hacer los cambios con disimulo y extrema cautela, finalmente de ello depende su propia continuidad. Como ha sido la experiencia de todas las transiciones del socialismo que han vivido los países que pasaron por el yugo de la estatización económica, los cambios bruscos obligan a transiciones políticas y ese es el principal temor del gobierno. Lo que más les conviene es una transformación gradual de la economía y para ello necesitan a los privados, a los que siempre tildaron de enemigos.

Llegados a este punto podemos plantear el asunto al que queremos llegar: ¿Quién es el verdadero enemigo del gobierno?

Cuando el presidente de Fedecámaras califica de excelente el resultado de las primeras reuniones con el gobierno, las bases más locuaces del chavismo se estremecen. En radio Arsenal se cuestionan fuertemente los encuentros, los participantes, los temas, absolutamente todo. Las páginas web de debate gobiernero se llenan de dudas y reclamos por suponer que el fundador jamás llegaría a esos extremos. Los pasillos de las dependencias más políticas que públicas se llenan de rumores que retumban aquello de “negociar es traicionar” y, lo que no es difícil de imaginar, dentro del palacio las malas caras y la desaprobación deben estar a la orden del día.

¿Quién es el enemigo del gobierno? Ya la respuesta es fácil, el propio gobierno. Están durmiendo con él. No es la oposición, ni siquiera son los que la ejercen de forma más radical los que están poniendo en peligro la viabilidad y estabilidad del gobierno, se trata de otros, de los propios demonios que crearon en todos estos años. No parecen tener alternativa, tienen que dialogar con el enemigo, y ese no es otro que el que tienen dentro.