• Caracas (Venezuela)

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Elizabeth Fuentes

Duerme usted, señor presidente

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“Yo les hablo aquí a los criminales que mataron a esta joven. ¿Qué explicación tienen ustedes para asesinar, hasta cuándo van a mantener esta matanza?”.

Textualmente. Esto fue lo que balbuceó Nicolás Maduro a los pocos minutos de conocer el terrible asesinato de Mónica Spear y de su esposo. Maduro, para quienes tengan alguna duda, es nada menos que el presidente de la República, según las cifras del CNE, cargo que implica la obligación de velar por la seguridad y la vida de todos los venezolanos.

“Realmente a mí se me repite la imagen de la descripción que hacen los investigadores para buscarle alguna respuesta. ¿Por qué la saña criminal? (¿O dijo hazaña?)… Si buscaban robar el carro, a las personas, ¿por qué las asesinan de esa forma?”. Es decir, el presidente de la República les pide a los malandros que roben pero no maten.

“Esta circunstancia dolorosa es como una cachetada que uno recibe, dura, un golpe bajo, y si tiene algún sentido desde el punto de vista espiritual pasar por estos dolores, tiene que ser para que despertemos todos. O despertamos todos o sencillamente la batalla por la vida en paz, por la seguridad, el respeto a la vida, será muy cuesta arriba…”. Esto sí fue más que incomprensible. ¿Que despierten quiénes? ¿Los pranes, los delincuentes, los secuestradores? ¿Y como para qué?, si ellos viven el más sabroso de los sueños: delinquir impunemente, asesinar sin castigo, dirigir secuestros millonarios desde las cárceles, traficar drogas con el beneplácito de militares de alto rango. ¿Despertar para convertirse de golpe en buenos ciudadanos que viven de un sueldo cada vez más miserable, gracias a la inflación de Giordani y su banda? ¿Para pasar al desempleo, porque en 15 años ustedes quebraron miles de empresas, acabaron con el cemento y las cabillas, destruyeron el agro? ¿Qué les ofrece usted a esos asesinos, presidente? ¿Que entreguen las armas y las municiones (que alguien de muy arriba se las debe estar vendiendo a muy buen precio) para hacer qué? Asesinos que, de acuerdo con las cifras oficiales, son menores de edad en su gran mayoría, muchachitos que crecieron bajo esta supuesta revolución, criadero de pichones del Hombre Nuevo que entendieron lo sabroso que son los símbolos del capitalismo y roban y matan por  un Iphone, una Mac o unos Nike, sin necesidad de marcar horario porque quizás su papá o su tío fueron bendecidos por las misiones de Hugo, esa que les enseñó a no tener que trabajar ni a ganarse el pan honradamente, sino que bastaba con salir a votar quince y último con su franela y su cachucha roja. Muchachitos que abandonaron la escuela porque en ese horario les resulta más productivo entrenarse para matar.

Es usted el que sigue dormido, presidente, porque, hasta donde sabemos, la batalla por la seguridad y la vida la ganaron los delincuentes hace años, al extremo de que usted se dirige a ellos para pedirles compasión, para solicitarles una suerte de armisticio, una medida humanitaria hacia sus víctimas. Despierte, Maduro. Y, cuando lo haga, bote a todos sus ministros. Empiece por la Fosforito, así sea la mejor amiga de Cilia. Póngase los pantalones. Averigüe por qué en Nueva Esparta la delincuencia crece. Quién es el pran que dirige las acciones desde la cárcel. Qué lazos tiene con el ministerio inútil que ella dirige. Por supuesto, busque otro ministro del Interior porque Rodríguez Torres le miente con las cifras que usted quiere escuchar y su único interés es conseguir finalmente a un magnicida que justifique su dolce far niente. Dígale chao a la ministra de Comunicación porque el día del asesinato de Mónica Spear tuvo los santos ovarios de escribir en Twitter que “el jefe de Estado dedica sus mayores esfuerzos en la pacificación y desarme del país”. O sea, le dijo incapaz a usted, por todo el cañón.

Saque el pitico, Maduro. Pero eso sí: no le pida permiso a los Castro, porque para ellos mantener a un pueblo aterrorizado es muy bueno para sus bolsillos.

Por ahora, yo solo le deseo que, mientras duerme, sueñe con esa tristísima imagen del suegro de Mónica Spear cargando la almohada ensangrentada de su nieta, con el morralito y la cobijita de esa niña que venía de vacaciones a Venezuela pero que, gracias a todos ustedes, regresará huérfana.