• Caracas (Venezuela)

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Mauricio Vargas

Duele Venezuela

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Decenas de venezolanos, en su mayoría jóvenes, han muerto en las semanas recientes. Los han asesinado las fuerzas del orden y paramilitares del régimen chavista en el desesperado esfuerzo de Nicolás Maduro por reprimir las protestas contra la escasez de alimentos, el caos de los servicios públicos, la corrupción gobernante y la persecución contra críticos y opositores.

A la detención del dirigente Leopoldo López y de muchos políticos más le sigue la defenestración de la valerosa diputada María Corina Machado, a quien esperan jueces de bolsillo del chavismo, que la mandarán a prisión. Las protestas no se detendrán y Maduro seguirá exigiéndoles a los militares que las repriman, aun si algunos oficiales se resisten y lo pagan con destitución y calabozo, como acaba de ocurrir con mandos de la Fuerza Aérea. Aterra decirlo, pero parece difícil detener el derramamiento de sangre.

A ello se suma la corrupción: denuncias que caminan con paso firme en un juzgado de Miami apuntan a que el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, puede haber recibido 50 millones de dólares en sobornos de una empresa con sede en los Estados Unidos, que ganó jugosos contratos en el sector eléctrico. Casos como ese explican que el chavismo haya feriado 500.000 millones de dólares de la mayor bonanza petrolera de su historia.

Hace algunos meses le escuché al expresidente español Felipe González una comparación entre Hugo Chávez y Maduro. “El primero caminaba hacia el abismo y, justo antes de lanzarse, se detenía. Maduro, en cambio, sigue derecho y se bota de cabeza”, explicó González. Maduro tiene todo lo malo de Chávez –su discurso vociferante, su malgastador e ineficiente programa económico, sus amagos místicos– y nada de lo bueno –su liderazgo, su habilidad negociadora, su contacto con la gente–.

Mientras Chávez era capaz de caminar como un gato entre porcelanas sin dañarlas, Maduro las pisotea con torpeza de elefante. Ambos tienen, eso sí, la responsabilidad del desastre. Compartida, claro está, con los viejos partidos que se robaron varias veces al país y con ello alfombraron el camino de Chávez al poder. Algo que debe servir de advertencia a los dirigentes de la Unidad Nacional en Colombia, que andan dedicados a justificar la mermelada corrupta.

Entristece Venezuela, un país con una riqueza descomunal –y no solo en petróleo–; con una clase empresarial que alguna vez tecnificó el agro hasta hacerlo uno de los más productivos de la región, e impulsó industrias claves hasta ponerlas a la vanguardia en la región; con un hervidero cultural de pintores y escultores, escritores y músicos de talla mundial; y con una historia fascinante: no debemos olvidar que la independencia del norte de Suramérica la ganaron sobre todo oficiales venezolanos, como Bolívar y Sucre, y aguerridos llaneros a caballo que se lucieron desde el pantano de Vargas hasta Ayacucho.

Con timidez aún, el gobierno colombiano ha comprendido que pasó la hora del apaciguamiento: ni Maduro tiene cómo tirarse el proceso de paz con las Farc, ni está en capacidad de despachar tropas a la frontera –como amenazaba Chávez–, porque las tiene ocupadas en la represión interna.

Las gestiones a favor del diálogo entre Gobierno y opositores, que Santos y otros presidentes de la región están impulsando, van en la dirección correcta. Pero requieren de otros socios, ojalá de Europa, pues muchos por acá todavía no se atreven a hablarle a Caracas con la franqueza que la situación demanda. Si esos esfuerzos fracasan, Venezuela estará a las puertas de la más sangrienta represión de su historia, con terribles consecuencias para Colombia, medibles en la quiebra económica de nuestras zonas fronterizas y una oleada de decenas de miles de refugiados. Ante el dolor de Venezuela, no cabe la indiferencia.