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Sergio Monsalve

Duélale a quien le duela

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Para Steve McQueen el cuerpo es un lugar de conflicto, de lucha, de guerra, de expresión plena de la identidad. Su carrera comienza en el ámbito del videoarte, llevando al límite las condiciones físicas de hombres sometidos a diversas experiencias de sufrimiento y explotación.
De origen afrodescendiente, el director estudia la perpetuación de prácticas deshumanizadas en tiempo presente. Así el autor denuncia los vejámenes y estragos sufridos por sus antepasados. Al cabo de los años, debuta en el cine con la película ganadora de la Cámara de Oro de Cannes, Hunger, estilizada biografía dedicada a la memoria de Bobby Sands, militante del IRA fallecido tras someterse a una estricta huelga de hambre, como forma de protesta.

Aquella inolvidable pieza establece los parámetros formales y discursivos del realizador: un protagonista aislado del entorno, una historia de calvario personal y una paleta de colores depresivos, rememorando la obra pictórica de Francis Bacon. A partir de ahí, Michael Fassbender asume el liderazgo del reparto de sus largometrajes políticamente comprometidos.

Luego toca el turno de Shame, interpretada por el mismo actor. En ella descubrimos la aflicción de un adicto al sexo, condenado al encierro y la soledad. Un arquetipo del onanismo contemporáneo. Cierto tufo moralista desprendía el remate de su guión, al parecer de los críticos. En cualquier caso, era un trabajo valioso con un sello independiente.

Acto seguido, 12 años de esclavitud supone la transición de Steve McQueen hacia un terreno más comercial, pero no menos combativo. Es considerada una favorita para llevarse varios premios gordos de la academia. Sin duda, la favorece un tema en boga, absolutamente identificado con la nueva sensibilidad de Hollywood, a la luz de la gestión del presidente Obama. A propósito, hace poco vimos Django desencadenado y Lincoln, dos manifestaciones del problema racial subyacente.

12 años de esclavitud puede constituir el eslabón débil de la cadena, por lo previsible del libreto, lo reiterativo de sus acciones, lo maniqueo de sus planteamientos, lo plano de sus caracteres. Brad Pitt, el productor, se reserva un papel secundario para predicar una arenga de consuelo, medio estereotipada y forzada. Es el blanco bueno. Los demás son villanos de feria, de circo, de telenovela.

Todos somos conscientes de la barbarie descrita e impresa con pelos y señales en la pantalla. Nadie la comparte o la aprueba. Incluso, tiene sentido evocarla en la actualidad, cuando los Estados violan los derechos de los ciudadanos. No obstante, cabe preguntarse con Vargas Llosa si es necesario convertir la tortura en una cultura del espectáculo. Ante el dolor de los otros, Susan Sontag y Claude Lanzmann promulgaron un código de ética diferente. Mejor lo dejamos abierto para el debate.

En pleno descargo de 12 años de esclavitud, Chiwetel Ejiofor y Lupita Nyong'o elevan el listón de la puesta en escena, al concentrar la tragedia de un período vergonzoso de la historia. Frente a las miles de injusticias de hoy en día, Steve McQueen vuelve a reivindicar una idea trascendente y vigente, la de resistir a las inclemencias de la tiranía al margen de los golpes del destino, de las consecuencias físicas y espirituales. Tarde o temprano, los sacrificios rinden dividendos, las heridas cicatrizan y la libertad se impone.