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Rodolfo Izaguirre

Drama en el consultorio

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Cuando exponíamos ideas para financiar la revista literaria Sardio (1958-1961), propuse seriamente comprar y curar los odres, llenarlos de manzanilla de Andalucía y venderlos en las inmediaciones del Nuevo Circo en tardes de toros. Mis compañeros me vieron con estupor y desconfianza y luego con la piedad con la que se mira a los débiles mentales. Quedó establecida mi inutilidad para hacer cualquier clase de negocios: comprar, vender, hacer intercambios; incursionar incluso en aquella economía del trueque que alguna vez propuso el difunto junto con los gallineros verticales y la ruta de la empanada como mecanismos eficaces para arruinar al país y obligarlo a hacer colas en los supermercados y pulperías: su mayor logro en catorce años de continuos disparates y despilfarros.

De hecho, el único aviso que conseguí para la revista fue uno de la gobernación en el que advertía que se suspendían todos los pagos por concepto de publicidad en revistas como la que lo estaba anunciando.

Con el mismo propósito de proteger la salud financiera de nuestra publicación, Rómulo Aranguibel (1933-1980), miembro de su consejo de redacción, poeta y estudiante de Psiquiatría declaró que podía solicitar un aviso a José Luis Vethencourt (1924-2008), su profesor y acreditado psiquiatra en la absoluta seguridad de que, siendo hombre de sólida cultura, no iba a negarse. Salvador Garmendia (1928-2001) pidió acompañarlo porque quería conocer a Vethencourt y yo me agregué por ociosa curiosidad.

Llegamos al consultorio y Rómulo con el aplomo de saberse en territorio conocido preguntó a la secretaria por el doctor Vethencourt. El doctor no estaba, pero la mujer fijó la mirada en Salvador y con voz suave pero firme y sin dejar de mirarlo dijo: El señor viene a la consulta, ¿verdad? No miró a Rómulo; tampoco a mí. Miró a Garmendia con el ojo de quien conoce las tribulaciones de las almas extraviadas y de los espíritus en zozobra. Y Salvador, visiblemente inquieto, hizo el amago de retroceder como si intentase huir y gritó, más bien, rugió: ¿Yo? Y moviendo los brazos, rechazando cualquier insinuación y negando con la cabeza seguía diciendo: ¡No! ¡No! ¡Yo no! ¡Claro que no! Y la secretaria, acostumbrada a semejantes situaciones y conocedora tal vez de otras más furiosas y encrespadas, adoptó de inmediato un aire persuasivo y conciliador. Se levantó del escritorio, avanzó hacia Salvador a quien veía ya acostado en el diván de José Luis Vethencourt y trató de calmarlo: ¡Tranquilo, serénese!  ¡El doctor Vethencourt no tardará en llegar!

Aranguibel y yo nada hicimos en defensa de Salvador. Nos reíamos por dentro y dejamos que la situación siguiera su curso en aquella antesala psiquiátrica en la que nuestro amigo luchaba contra el infortunio porque mientras más negaba no estar allí para ninguna consulta más solícita se mostraba la secretaria, lo que acrecentaba la angustia del presunto paciente y se reafirmaba en ella su disposición a dominar los ramalazos de terror que zarandeaban al futuro autor de Memorias de Altagracia.

De pronto, la mujer dio un paso a un lado y se aproximó a una mesita anexa como si quisiera tomar algo de ella, lo que Garmendia interpretó como la certeza de una inyección tranquilizante, tal como había visto hacer en el cine a pacientes que, estando sanos de la cabeza, quedan en irreversible estado catatónico hasta el final de la película, y retrocedió con violencia, abrió la puerta y salió del consultorio pegando lecos. Detrás salimos nosotros no sin antes mirar a la secretaria que, decepcionada más que desconcertada, solo atinaba a decir: ¡Por Dios! ¡Ese hombre necesita que el doctor Vethencourt lo vea de inmediato!