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Antonio Sánchez García

Donald Trump, el terror, EUA y Venezuela

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“No porque un pueblo carezca de la fuerza o la voluntad de mantenerse en la esfera de lo político, desaparece lo político del mundo. Lo que desaparece del mundo es un pueblo débil.”

Carl Schmitt, El concepto de lo político. [1]


 


Los países tienen intereses, no amistades, dice la conseja. Si bien, siguiendo las coordenadas de la política, según Carl Schmitt, tienen amigos y enemigos. Nada nuevo. Hace un siglo, Europa se destrozaba en las trincheras de Valmy y Verdun y millones de cadáveres sembraban los caminos de Francia y Alemania. Treinta años después seguían destrozándose, multiplicándose los cadáveres, siendo asesinados millones de judíos por causas horrendas, dejando caer la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. La paz de Postdam tampoco trascendió los cementerios: no ha habido un solo año desde el fin de la Segunda Guerra Mundial que no se haya cuajado en sangre. Hasta llegar al desiderátum del horror: el terrorismo, no como excepción a las reglas de las caballerosas leyes de guerra de tiempos pretéritos ni acotada al corazón de Europa, sino como práctica global, cotidiana e inmediata de inmensos conglomerados humanos –ya son bloques planetarios– que han asumido la guerra como un hecho total y el terrorismo como práctica acostumbrada.

Pocos acontecimientos más preñados de violencia y desestabilización del futuro inmediato de la humanidad que el asalto a Europa provocado por el fanatismo religioso y la miseria, dos pestes inveteradas que han logrado desplazar a millones de seres humanos de un contexto sociocultural preñado de rencor, odio y violencia a otro situado varias escalas por encima en el desarrollo de la cultura y la civilización. Productos, esa miseria y ese fanatismo, de una historia tan vieja como Occidente: el islamismo y el progreso. El ángel de la historia, que Walter Benjamin veía retratado en esa impresionante pintura de Paul Klee, Angelus Novus, mira hacia el pasado que no es, en el presente sobre el que fija su mirada, más que una montaña de ruinas y devastación.

¿Qué hacer?

Por primera vez en sus decenas de miles de años de historia humana, el planeta se ha hecho uno. La historia universal se ha consumado en esta historia global a cuyo desarrollo asistimos a diario, testigos omniscientes de lo que ocurre en el más remoto rincón del planeta como si estuviera a la vuelta de la esquina, en cualquier momento, a cualquier hora. La tierra, ese mundo que hasta no hace más de medio siglo seguía siendo “ancho y ajeno”, se nos ha convertido en una casa de vecindad. Sin por ello haber menguado los pueblos que ya se tocan hombro con hombro en sus odios y resentimientos. Se produce así la terrible contradicción entre una máxima cercanía y un brutal acrecentamiento de los odios idiosincráticos.

Es la causa del terrorismo: la dramática desaparición de grandes, de inmensos espacios vacíos y la consiguiente reducción de las distancias provoca la tentación de la mutilación inmediata. De esa dramática reducción de las distancias, determinada en gran medida por el progreso en los medios de transporte gracias al vapor, la electricidad y la telegrafía, esperaba el político, diplomático y finalmente sacerdote español Juan Donoso Cortés a mediados del siglo XIX la conformación en el XX de gigantescos conglomerados totalitarios. Acertó. Sólo que con el abisal progreso de las telecomunicaciones telemáticas la guerra se desplaza del lejano campo de batalla de la Primera y la Segunda Guerra Mundial a la esquina aledaña de nuestras ciudades. El terror duerme y cohabita con nosotros.

¿Bastara un muro, como el construido por los chinos hace más de dos mil años, para alejarlo de nuestras puertas?

 

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¿Cabe alterarse ante el horror del terrorismo, que salvo el espantoso atentado iraní a la sede de la AMIA, en Buenos Aires, corazón de la comunidad judía argentina, no parece encontrar un terreno propicio en nuestra región? ¿O sólo es cuestión de tiempo para que el mal del milenio asome sus garras también en América Latina? Los abrumadores y despiadados ataques de los medios liberales del planeta –todos, desde los grandes medios norteamericanos hasta los grandes medios europeos, regiones privilegiadas y víctimas propiciatorias para los brutales ataques de la Yihad– contra el candidato Donald Trump dejan ver el profundo disgusto, incluso el odio que provoca ante las buenas conciencias del liberal progresismo mundial la militancia abiertamente antiterrorista y sin dobleces o medias tintas del candidato republicano contra los desplazamientos inmigrantes. Que él acompaña sin melindres, es cierto, con un rechazo frontal contra la inmigración ilegal de los mexicanos a los Estados Unidos. No existe un solo medio en el mundo que haya asomado la más mínima simpatía por el personaje, hecho más que sorprendente cuando sus filípicas contra el terrorismo islámico y su rechazo a la masiva infiltración de sus huestes coinciden en el tiempo y en el espacio con los más atroces atentados y la práctica invasión de Europa por masas multitudinarias procedentes de África y el Medio Oriente. No se hable del práctico asalto de los Estados Unidos por la población latinoamericana, que ya constituye la primera minoría votante del gran país del norte.

Sorprende, no obstante, que un candidato carente de la seductora simpatía de un Barak Obama, más bien repelente, prepotente y mendaz –y que se encuentra en las antípodas del afrodescendiente que arrasó en las pasadas elecciones, debiendo enfrentar una campaña cotidiana de descrédito que suele revolcarlo a diario como salido de las pestilentes cloacas del nazismo– basta revisar todos los editoriales de The New York Times, de The Washington Post, de Le Monde o de El País y el ABC, de España dedicados a analizar su campaña, para ver la pesada artillería de denuestos que le son endilgados cada amanecer mediático; sorprende, digo, que un personaje tan alejado de los cánones recomendados por asesores electorales en un país en que una candidatura debe contar con los mismos medios y la misma artillería imaginaria con que se venden los perfumes de moda, haya podido arrasar en las primarias del partido al que se acogiera, que ni siquiera era el suyo, para expresar su estridente y nada diplomático descontento.

No ha llegado Donald Trump al extremo de amenazar con freír las cabezas de demócratas y liberales de izquierda o a colgar de las farolas a los mujahideen que propagan la Yihad desde las mezquitas que ya pueblan los barrios acomodados de Londres, Roma, Paris o Nueva York. No es un Hugo Chávez cualquiera. Ni siquiera es un pobre diablo, como lo era el teniente coronel que desbarrancara a la próspera y democrática Venezuela, cambiando las coordenadas democráticas de nuestra región, reflotando del naufragio a la Cuba dictatorial y provocando el desbalance de esta parte del mundo en su participación en el escenario mundial. Es un multimillonario exitoso y consentido de la farándula norteamericana. Excéntrico y con evidentes rasgos esperpénticos. ¿Pero de allí a compararlo con Hugo Chávez?

Si los medios señalados se hubieran enfrentado, desde los tiempos de su golpe de Estado y su campaña presidencial –cuando esgrimiera la amenaza de las sartenes hirvientes contra adecos y copeyanos– a Hugo Chávez con la misma ferocidad y la misma virulencia con que rechazan a Donald Trump, no digo que le hubieran dificultado la faena. Pero hubieran permitido creciera la conciencia del horrendo mal que se cocinaba en los cuarteles venezolanos. Como no lo hicieron, sino cuando ya no suponía ninguna gracia, permitieron que su grato presidente demócrata Barak Obama –incluso el menos grato republicano George Bush hijo– jamás denigrado, miraran de soslayo, renunciaran a cumplir el papel que les hubiera correspondido en la región y siempre grato a los editorialistas jamás blandieran la espada contra el terrorismo, el narcotráfico y la dictadura que se cobijaban en las sobaqueras del caudillo y su estado narco forajido. Llegando al exabrupto de respaldar a la tiranía cubana y no tocar, ni con el pétalo de una rosa, al agente cubano que nos desgobierna. No se diga encarcelar a sus narcotraficantes trisoleados.

Hoy, cuando el terrorismo con el que el chavismo gobernante ha mantenido las mejores relaciones de convivencia, ya amenaza con invadir sus hogares, se alzan indignadas las huestes de Trump y buscan las demócratas de Clinton, con la cola entre las piernas, ver modo de cohabitar con una peste que parece haber llegado para quedarse. De modo que sin que sienta yo la menor simpatía por Donald Trump, menos la sienta por Hillary Clinton. Que los electores decidan. Tal vez, como lo advertía con desesperación y hasta el momento mismo de su muerte la heroica periodista italiana Oriana Fallaci, sea demasiado tarde. Al parecer, en Italia ya hay más minaretes que campanarios. Nosotros a lo nuestro: salir de la dictadura con nuestras propias fuerzas. Sería una gran contribución para frenar el despliegue de la Yihad en América Latina.

 

 

@sangarccs

 

 

 

 


[1] “Dadurch, dass ein Volk nicht mehr die Kraft oder den Willen hat, sich in der Sphäre des Politichen zu halten, verschwindet das Politiche nicht aus der Welt. Es verschwindet nur ein shcwaches Volk.” Der Begriff des Politichen, Duncker & Humblot, Berlin, edición de 1963, pág. 54.