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Pedro Conde Regardiz

Distribuir esperanza

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Una meta generalmente establecen los programas políticos, de gobierno, para lograr una distribución del ingreso más equitativa y disminuir así desigualdades sociales, tema tan antiguo como la humanidad misma, pues, Homero, quien recogió y escribió, haciendo gala de conocer la psicología humana, la tradición oral de la guerra de Troya, asienta al comienzo de la Ilíada, que Aquiles increpó a Agamenón por el reparto desigual de los botines de guerra, señalando que era él quien lograba los triunfos en las batallas, pero Agamenón tomaba, casi sin esfuerzos en la lucha bélica, la mayor parte. Pareciera en nuestra época. Flaubert decía, según Sartre en su enciclopédica obra, L’Idiot de la famille, que para conocer la naturaleza humana bastaba leer a Homero, Shakespeare, Rabelais…

La distribución que más debería exigirse es la de esperanza. Casi nadie se ocupa de ella, bien que debería ser objetivo primordial de las políticas públicas. ¿Acaso no se ha caído en la cuenta que tal don saca de la incertidumbre hacia la confianza y seguridad? ¿Ha tenido alguien verdadera esperanza? Cuando llega, huye la desconfianza. Un proverbio escocés reza: “Were it not for hope, the heart would break”, esto es, “si no fuera por la esperanza, el corazón se rompiera”. ¿Cómo está su corazón, presidente Maduro?

La humanidad está ahogada en noticias acerca de la incertidumbre existente en el mundo. Muchos se paralizan por temor hacia lo desconocido. En un artículo publicado en World Trends Research relativo a nuestras sociedades cada vez más tecnificadas, Van Wishard afirmó: “The next three decades loom as the most decisive 30-year period in history”. Queriendo decir que vivimos en tiempos tumultuosos.

La incertidumbre cunde por todas partes. Las tarjetas navideñas promueven por doquier ánimo con frases como esta: “Frente a la incertidumbre no hay nada erróneo con la esperanza”. Otra, simplemente muestra un dibujo con una calle llamada “Avenida Esperanza”, luego una frase: “Una sola vía”. Ciertamente, solo hay una vía que lleva hacia la certidumbre hoy y mañana. En tiempos como estos necesitamos esperanza.

¿Qué es la esperanza? Algunos la ven como deseo caprichoso. Pero, si se piensa, llega la idea de algo que envuelve. Posiblemente superior a nosotros. No se encuentra en la ciencia, ni en la medicina, ni en el gobierno ni en la tecnología. No hay récipe. Es un gran regalo que no drena la vida, sino que infunde permanentes beneficios que surgen de los tesoros escondidos del alma. Esperanza es el aliento de la naturaleza que nos rodea. Esperanza es el primer rayo solar que llega en ocho minutos y tantos segundos a la Tierra todas las mañanas, sin falta, diciendo que podemos lograrlo. Esperanza es cuando la Luna irrumpe en la noche oscura. Esperanza es cuando se participa en el acto de graduación para el comienzo de una nueva vida y experimentar muchas posibilidades. Esperanza, venir a la capital para estudios universitarios. Lograr una beca de posgrado. Estar en un partido político con tesis renovadoras. Esperanza es el primer grito del recién nacido, diciendo, quizá, que ahora es libre. Esperanza, la vela encendida, elimina oscuridad, trae vida a la sala, es útil. En fin, quedarse en el país.

Debería plantearse el presidente Maduro la pregunta: ¿Estoy difundiendo luz que genere esperanza? Permítame sugerir de nuevo que debería gobernar de acuerdo con la voluntad general de los venezolanos. Hasta ahora ha sido el de una parcialidad sin el poder indispensable para tener la capacidad de hacer, de hacer que se haga, e impedir hacer, que es la noción de poder para gobernar, superar vicisitudes. Con un acuerdo nacional, democrático socialmente, brotará la fuerza para generar y distribuir esperanza en Venezuela. Sería buen comienzo para no agravar la crisis en su período constitucional. ¡Encienda la vela!