• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Disparen al taxista

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Persiste entre el común de las gentes la infundada convicción de que a los militares, aleccionados desde el parvulario para obedecer a ciegas hasta que les llegue el turno de mandar, también a ciegas, se les dan bien las artes de extirpar los males sociales.

Esta falacia, sostenida y defendida por las élites más conservadoras, ha sido la justificación de la innecesaria gendarmería a la que debemos el atraso nacional; y, con el advenimiento del mesías barinés, ha sido reforzada al extremo que más de la mitad de las gobernaciones son ocupadas por milicos de alta graduación ya retirados, compinches del arrebato institucional, a quienes se ha premiado exaltándolos a mandatarios regionales.

El gobernador neoespartano pertenece a esta ralea de procónsules sin dotes para la administración pública y sin más mérito que haber cursado sin distinciones ni sobresaltos una carrera al parecer no muy exigente, a juzgar por el verbo y los ademanes de la alta oficialidad promovida por Chávez y Maduro, y el de haberse plegado sumisamente y sin chistar a los caprichos del ahora eterno comandante supremo.

Elegido gracias al voto cansancio, su cachucha privó como acicate para que los electores lo creyesen capaz de enfrentarse al hampa y garantizar la seguridad de los insulares; un error del que ahora se arrepienten los crédulos, porque durante su gestión la zozobra ciudadana se ha multiplicado de manera exponencial al punto de que la vida no vale siquiera un celular.

De nada han valido las captahuellas en las que derrochó presupuesto el agente cubano de los servicios de identificación que las adquirió, por mediación del Sebin, y colocó en los puntos por donde entran y salen –de modo reglamentario– quienes vienen y van a Margarita.

Bajo la gestión de este gobernador se instalaron en la isla bandas de motorizados que perpetran toda suerte de fechorías; también, los colectivos armados que atemorizan a los pobladores y ahuyentan a los turistas e, igualmente, con él proliferó el atraco a mano armada a los pasajeros que se desplazan en las humillantes busetas que integran un abusivo sistema de transporte que no presta servicio después de las 7 de la noche ni cubre rutas indispensable como la del aeropuerto.

Esto sería tema de otro editorial. El de hoy concierne a la alarmante escalada criminal que ha cobrado, en menos de 20 días, la vida de 4 taxistas.

Mata intenta sacudirse de las responsabilidades inherentes a su deplorable gobierno, copiando el esquema nacional del yo no fui, culpando a terceros y echando dedo a los alcaldes alineados con la unidad democrática. Para más inri, pretende tapar el sol con un dedo propiciando saraos y festejos a fin de que brille el aura de la primera combatiente regional.

En el ínterin, como si se tratase de una novela negra, alguien disparará a un taxista, y ello provocará protestas que no devolverán la vida al humilde trabajador del volante, pero dejarán claro que, en Margarita, el peligro amenaza, el hampa reina y el general Mata.