• Caracas (Venezuela)

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Sergio Monsalve

Diseño para armar y desarmar

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La gran aventura Lego debe ser la película infantil más luminosa y autoconsciente de la temporada, sin renunciar a su condición de plataforma comercial de una marca de juguetes.

Las fichas del largometraje van sumándose para deconstruir los giros del clásico blockbuster de verano, así como los clichés de la técnica de emplazamiento de productos.

El filme propone una sátira política de la sociedad de consumo, gobernada por un tirano. El dictador mantiene a la población en estado de sumisión por medio de sus redes de control social. El déspota reprime a diestra y siniestra con el apoyo de la policía. Pero un grupo de elegidos y creativos le opondrán resistencia, hasta doblegarlo.

El argumento no es necesariamente original. Viene siendo la constante de muchas cintas de acción. Lo novedoso radica en el enfoque sarcástico de los directores, quienes se valen del género animado para cuestionar a la realidad aparente del mundo contemporáneo, tal como ocurría en Matrix y Los juegos del hambre, aunque a menor escala.

La historia comienza con un ritmo vertiginoso, propio de las comedias iconoclastas de la televisión. Los chistes disparan dardos contra valores y costumbres alienantes. Padres y representantes ríen a carcajadas.  

El protagonista es otra pieza del rompecabezas, un simple obrero de una fábrica de mentes grises y cuadradas. Vive en una distopía aislada por el pegamento de Orwel y Huxley. Lo vigilan cámaras de 1984, lo condicionan los estímulos de la cultura empaquetada. No obstante, logra erigirse en el irónico salvador de la patria, de la trama. Ahí reside parte del humor negro de la obra.

A placer, los guionistas demuelen el andamiaje de la mitología moderna, gastándole bromas a la figura del héroe accidental.

La gran aventura Lego merece verse y disfrutarse como la antítesis de Capitán América y Hércules. Carece de la solemnidad del tanque mesiánico de la Marvel y busca despertar la conciencia del espectador, a diferencia de las franquicias al uso. Por supuesto, tiene su costado de campaña corporativa. En última instancia, el mercadeo no llega a opacar la calidad del contenido y la forma.

El diseño de arte reposa sobre los pilotes de la arquitectura analógica y digital. Se pretende ensamblar lo mejor de ambas escuelas. El stop motion proporciona un aura nostálgica a la puesta en escena. La tercera dimensión se conecta con la sensibilidad y las aspiraciones de la generación de relevo. En efecto, ello define el mensaje de reconciliación del desenlace, entre un padre rígido y un hijo adaptado a la atmósfera líquida de su época.

Del segundo al tercer acto existe una ruptura y pasamos a un universo paralelo, el de los adultos y los niños aprendiendo a lidiar con sus diferencias delante de una colección de Lego. Aflora el momento menos divertido y espontáneo del clímax. Irrumpe una concesión con la publicidad pura y dura. Afortunadamente es solo por unos minutos. Al final, vuelve la locura y el relajo de los verdaderos motores del conflicto, los muñequitos armados y desarmados por el ímpetu de la nostalgia.

En pocas palabras, La gran aventura Lego confirma la importancia del pensamiento libre, de la capacidad de abstracción de los chicos, de la necesidad de dar rienda suelta a la imaginación en tiempos de crisis.

Una grata sorpresa.