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Marcelino Bisbal

¡Si Dios quiere!

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Así de simple. Ante una expresión como esa pareciera, dicen algunos de manera contundente y hasta golpeada, que no hay discusión. Y resulta que sí, que debemos entrarle a ese decir con la mayor claridad y percepción posible. No me vayan a malinterpretar. Se trata de contraponer los hechos de los humanos contra los supuestos hechos trascendentes, si se quiere religiosos. Porque una cosa es la acción humana ante las cargas de la vida común y de todos los días, y otra cosa muy distinta es la fe que encarna tal afirmación.

Los humanos requerimos acudir al ¡si Dios quiere! para explicar y dar razón de aquello que nos resulta a veces un misterio. Así discurre nuestra vida, tratando de explicar por fuera de nosotros y del mundo los entuertos, los aciertos y hasta las miserias más despreciables de los hombres. Este decir se ha convertido en ecuación, en fórmula para resolver cualquier intrincado problema que se nos presente en el ámbito personal e incluso como colectivo social. El asunto es más complejo de lo que parece, y exige de nuestra parte mucho esfuerzo, ejercicio de interpretación y hasta de renuncia.

El país está envuelto en una crisis profunda –póngale usted el apellido que más le guste– a la que no sabemos, o sí, cómo entrarle. De un lado se hace todo lo posible por perpetuarse, por hegemonizarse “para siempre”, con políticas que arrastran a Venezuela y a su sociedad hacia el desbarrancadero –trágica metáfora de la muerte del novelista colombiano Fernando Vallejo–. ¿Serán conscientes de la tarea emprendida? Desde el otro lado, aun teniendo claridad de hacia dónde se nos quiere conducir, no aceptamos con facilidad las reglas del juego democrático. No hay mucho compromiso con la cosa pública, no hay mucha cooperación para construir la comunidad política requerida.

Ambas partes, parece un contrasentido pero es una realidad reflejada en los sucesos vividos todos estos días, están muy preocupadas por satisfacer sus deseos individuales. Ambas están enfrascadas en hacer de la “riqueza fácil” el único objetivo de vida. Así no se construye un país, así no hacemos ciudadanos libres según la ya clásica definición de Kant: “La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad (minoría de edad). La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia, sin la guía del otro… Sapere aude! (atrévete a conocer). ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la ilustración”.

¿Por qué dedicar unos cuantos caracteres a la expresión repetida una y mil veces, convertida en añeja fórmula no solo en la actualidad, sino desde hace mucho tiempo, y que sirve de título a la columna de hoy? “Encomendarse a Dios” o “tenemos el complejo de Dios”. El contraste entre las dos ideas no puede ser mayor. En estos días leía a un columnista que se definía de la oposición democrática y escribía con entusiasmo: “No deja (el venezolano) para después la oración al despertar el día, sabe que la fe mueve montañas… No es lejano el día que el pueblo y la Divina Providencia hagan el milagro de la democracia en Venezuela”. Igualmente, no deja de ser curioso que desde el poder se diga de manera soberbia: “Dios está con la revolución, porque Jesús era socialista y humanista”. Ninguno de los dos discursos funciona. No nos sirven.

En 1999 los venezolanos apostamos por un mesías, por un salvador de la patria y así nos ha ido. Todas las mediciones de opinión pública de aquel entonces nos decían eso. El país pensó que allí estaba la salvación que se adoptaba con entusiasmo reflejado en votos y en movilizaciones espontáneas. Y, sin embargo, el fracaso ha sido grande. Terrible desde todo punto de vista. Las expresiones del momento fueron elocuentes: “¡Dios quiso que saliéramos de este modelo político corrupto que estaba de espaldas al país!”. “¡Gracias a Dios lo conseguimos!”. ¿Salir de qué y de quién? ¿En dónde estamos hoy? Siento que esa fórmula actúa y actuó como linimento o como dice Adela Cortina: “Como un nuevo opio para el pueblo”.

Este domingo tenemos la oportunidad de demostrar que somos ciudadanos conscientes y adultos en el sentido kantiano, que no estamos condenados, que en realidad vale la pena intentar, a pesar de todos los inconvenientes colocados en el camino, porque Dios no entra en este juego. Ni en lo mundano de la política y mucho menos en lo profano del poder. La única salida es la acción ciudadana de la civilidad como virtud frente al des-orden que se nos quiere vender como un nuevo orden a futuro.