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Antonio Sánchez García

Dios y el diablo en la tierra del sol, la complicidad inocente

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Nuestro fuerte no es la conciencia moral. Como tampoco lo es la conciencia del tiempo. Acicate que en otras latitudes, no éstas de nuestros tristes trópicos, impulsa a agudizar el sentido moral dado el hecho más que trascendente que debemos enfrentar desde que arribamos al mundo de la conciencia y tomamos nota de dos hechos que, de asumirlos en serio, como en rigor se lo merecen, nos harían la vida verdaderamente insoportable: que somos mortales y que el tiempo que nos resta es nuestro bien más escaso. Que hay que aprovecharlo dejando huella de una vida ejemplar. De allí que las culturas fluctúen entre los dos extremos: aquellas como las nórdicas, germanas y anglosajonas, que cargan luto desde la infancia y para las cuales la conciencia de la muerte es el permanente acicate moral, y las nuestras, las latinoamericanas, pero particularmente las caribeñas, que no cargan luto ni en el momento de la muerte. Un filósofo argentino que viviera largos años entre nosotros me previno a los minutos de conocernos, yo recién arribado a estas tierras del Señor: Cuidado, que los venezolanos no se mueren, se les acaba la vida. Y la mayor de las veces ni se enteran. Es la insólita levedad de nuestro Ser: agotar el tiempo que resta sin otorgarle la más mínima importancia.

Frente a la condena del tiempo que resta: el atajo del inmediatismo. Y frente a la muerte, el atajo del olvido. Solo pesa, vale y conmueve el suceso, lo que acontece en este preciso instante, lo que no tiene más horizontes temporales que los que rigen los astros. Frente al espacio, mi entorno. La cultura del hic et nunc, que decían los romanos: del aquí y del ahora. Sé que parece infantil, y lo es. Tras todo venezolano sombrea un niño. Improvisar la respuesta al viejo desafío de responder a las inexorables e impostergables circunstancias no según planes, esquemas, bitácoras largamente estudiadas y planificadas, sino según el principio existencial del personaje de la telenovela que se nos convirtiera en manual de principio moral o "guía de perplejos", para emplear el luminoso título de la magna obra de Maimónides: Según yendo vamos viendo. Según vamos viendo, vamos siendo.

Estos principios de nuestro Ser y nuestro Tiempo - debo la realización de un seminario sobre el Ser y el Tiempo, para tratar la naturaleza del Ser de Venezuela y del Ser Ahí de nuestra caribeña existencia - han quedado patéticamente al desnudo desde el derrumbe de la República Liberal Democrática, frente a la cual debiéramos practicar el antiolvido y el permanente recuerdo de nuestras muertes - dos momentos de uno de los libros de memorias más importantes que he tenido la fortuna de leer, Conversaciones con Simón Alberto Consalvi, que Ramón Hernández, su autor, tuviera el acierto de titular Contra el olvido. Convertido, desde su primera lectura, en uno de mis libros de cabecera, junto a otro, de otras memorias tan importantes como las de Consalvi, escrito por Ramón Hernández al alimón con Roberto Giusti, cuyo protagonista no es otro que Carlos Andrés Pérez, sus Memorias proscritas. En ambos se transparenta el pesar del fracaso político causado por esos dos defectos existenciales del venezolano, origen último de nuestras desgracias: la irresponsabilidad ante la inexorabilidad del acontecer, del morir como condena irreparable; y la liviandad del ser venezolano ante el compromiso moral. Sus dos taras existenciales: el olvido y la amoralidad, la irresponsabilidad y el inmediatismo.

 

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La experiencia propiamente existencial de las generaciones que han vivido el derrumbe de nuestra democracia es la de constatar la "complicidad inocente" de sus protagonistas. Todos los venezolanos, cual más cual menos, han vivido este derrumbe y caída a los infiernos sin tener, salvo muy contadas excepciones, conciencia del espanto que prohijaban, provocaban o permitían: nuestro crimen culposo ante el golpismo y la regresión a la barbarie. Cual más: desde luego y en primerísimo lugar los militares, dueños monopólicos de los instrumentos de la muerte y, por lo tanto, capaces y autorizados como para fijar la senda del comportamiento institucional, constitucional y legal de los ciudadanos. De entre ellos, no solo ni siquiera principalmente los cuatro comandantes golpistas y sus  mesnadas, algunos sencillamente mercenarios asesinos -uno ocupó la Presidencia de la República, otros son gobernadores, ministros o presidentes de nuestras más sagradas instituciones-, otros, simples compañeros de ruta entregados a los vaivenes de su inconsciencia. Uno de ellos recientemente asesinado, víctima de la ingobernabilidad que provocaran. Sino todo el Estado Mayor, el generalato, la oficialidad y desde luego el entonces ministro de Defensa, todos los cuales, más allá de toda certidumbre investigativa acerca de su responsabilidad causal de ambos golpes de Estado, ni siquiera consideraron la gigantesca y monstruosa gravedad de la felonía de sus subordinados el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992. De esos polvos...

Tras de ellos, cual más cual menos, el establecimiento político. Conjuntamente con intelectuales, periodistas, académicos, fiscales, jueces, y empresarios mediáticos -prensa, televisión y radio- y empresarios a secas. Esa nata rentista que ha sido incapaz de crear una élite productiva, autoconsciente y capaz de erigirse en el ariete inviolable de la defensa del mercado, la propiedad privada y la democracia, rompiendo su nefasta y perversa dependencia de las ubres de la vaca petrolera. Hasta el día de hoy: capitanes de industria, mercaderes y comerciantes echados a las puertas del Banco Central a la espera de las divisas que, como el oxígeno, les permite vivir más allá de las fuerzas de su propia iniciativa. Sin que sea posible olvidar que esa succión permanente de la renta petrolera los castra política, ideológica, culturalmente. Hasta hoy, con excepciones honrosas pero tampoco libres del todo, el empresariado venezolano ha jugado un papel nefasto en la alcahuetería de una dictadura beneficiada con la complicidad inocente de nuestras determinaciones existenciales.

Y junto a ellos, la clase política. Sin otro verdadero objetivo que alcanzar puestos en la administración pública: ser concejal, alcalde, gobernador y diputado de la República. Y en la cima del brillo especular de las utopías: la presidencia de la República. Por lo tanto, si no a las puertas del Banco Central, como el empresariado, echados al pie de las escalinatas del Consejo Nacional Electoral. Cautivos de las urnas y codiciosos del voto. Prontos a la claudicación de principios, si es que alguna vez los tuvieron, y a correr de un partido al otro en función del instrumento o la plataforma que les asegure conquistar el cargo al que aspiran. Que hace ya décadas olvidadas que los partidos dejaron de ser instrumentos del cambio social a través de principios rectores para convertirse en plataformas de la conquista de un corralito en la Hacienda Pública. ¿O alguien cree que corren de un Partido al otro por desavenencias ideológicas o desacuerdos de principios? Estoy dispuesto a negar todo lo dicho si alguien me demuestra que en Primero Justicia, en Acción Democrática o en Un Nuevo Tiempo se discute sobre ideas y proyectos, se vive al fragor de disputas democráticas internas o luchas de fracciones, se aspira a algo más que a enchufarse con el cogollo y recibir la santificación del dueño o administrador de la franquicia.

 

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Cuando digo "todos los venezolanos, cual más cual menos" por supuesto no excluyo al ciudadano de a pie, bautizado desde algún tiempo con el hegeliano epíteto categorial de "sociedad civil". ¿O nos olvidaremos que la barbarie alcanzó a sobrepasar la fantástica cifra de 90% de respaldo electoral? Solo la monstruosa sobre abundancia de recursos explica esa extraña simbiosis de civilización y barbarie que llevó a echar por la borda una Constitución que fuera la primera y única en nuestra historia, redactada por las mejores conciencias políticas y jurisprudentes de nuestro mejor pasado, que nos garantizara cincuenta años de paz, de estabilidad, de progreso para echarse en brazos del carnaval de la estulticia llamado "Proceso Constituyente", en el que para mofa inolvidable de nuestra "complicidad inocente" hubo folkloristas de cervecerías, cantantes de amaneceres llaneros en el Poliedro, viudas de cantautores de protesta, ex guerrilleros filo castristas, espalderos y sargentones, indigenistas de tres al cuarto, asaltantes de bancos, tinterillos, trashumantes políticos y otra caterva de personajillos de la picaresca nacional que no podían menos que empedrar el camino a los infiernos. Y que no habrían leído una Constitución en sus vidas.

Allí se fraguó el brutal asalto de la barbarie a la civilización creada a partir de los años cincuenta con la sangre, el sudor y las lágrimas de la mejor Venezuela - la humilde de la que provenía el mayor político de nuestra historia, Rómulo Betancourt, como la aristocrática de nuestro mejor mantuanaje, - así como académicos, juristas y luchadores sociales inolvidables, auxiliados por esa soberbia incorporación a nuestro torrente sanguíneo de españoles, portugueses, italianos, alemanes, polacos, cuya inmigración a nuestras tierras huérfanas de mano de obra especializada el dictador Marcos Pérez Jiménez tuviera la brillante idea de promover y llevar a cabo, para modificarle definitivamente la faz, el perfil y el carácter a la Venezuela desfondada por bochinches, caudillajes, dictaduras y montoneras.
Lo menciono no sin dolor. Brecht escribió un maravilloso poema dedicado a la Alemania nazi en que se quejaba por un hecho que sufrió en carne propia desde que saliera al exilio empujado por la barbarie hitleriana: la lucha contra la injusticia y la barbarie también desfigura el semblante. También enronquece la voz. Pero no lo hago para hurgar en nuestras taras. Lo hago porque veo esa "inocente complicidad" usando todas sus artimañas aún y sobre todo hoy para impedir que lo mejor de nuestra sociedad, a la cabeza de la cual una juventud insobornable, se enfrente con coraje y lucidez a las taras que nos abruman y se haga a la tarea de reconstruir la Patria, rejuvenecer nuestras instituciones democráticas, abrir puertas y ventanas de asfixiados partidos políticos y nos permita llegar al final de nuestras vidas con el orgullo de haber logrado nuestra Segunda Independencia. Mucho más ardua y más difícil que la primera, porque es la independencia ante nosotros mismos, ante nuestras propias taras y defectos. Que Dios nos ilumine.