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Alejandro Tagliavini

Dios creó al hombre pobre y miserable

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Siempre que se difunden fotos con niños desnutridos y muriendo de hambre o víctimas de otras atrocidades, algunos se preguntan cómo es que “dios” lo permite. Pues el que lo permite es el “dios” que a estas personas subliminalmente les sirve para justificar cualquier abuso. No es creíble que Dios haya creado al hombre pobre y miserable, porque no sería lo suficientemente bueno o lo suficientemente omnipotente. Si la miseria existe es porque el propio hombre desvía el progreso natural de la sociedad con violencia, y no es que Dios “lo permita” sino que no lo impide coactivamente porque sería una contradicción.

Uno de los primeros modos que tiene el ser humano, el gobierno, de crear pobreza es con el cobro coactivo de impuestos que, si bien son teóricamente pagados por todos, lo cierto es que terminan cayendo con más fuerza sobre los más humildes ya que cuanto más alto es el nivel económico de una persona mayor capacidad tiene para derramarlo hacia abajo: el empresario, por caso, paga cargas tributarias subiendo precios o bajando salarios. Y con este dinero mal habido, luego de quedarse parte en la burocracia, hacen falsa caridad, asistencialismo.

La crisis griega, agravada a partir del aumento de impuestos entre otras cosas, ha provocado, por ejemplo, que los suicidios crecieran 17 por ciento entre 2007 y 2009, 25 por ciento en 2010 y 40 por ciento en los primeros seis meses del 2011. Además, se duplicaron las tasas de homicidios y de robos, y la prostitución y, por cierto, la corrupción, aunque nadie parece admitirlo como el ‘presidente’ de Venezuela que aseguró: “Los capitalistas especulan y roban como nosotros”. Según la Organización Mundial de la Salud, “las tasas de VIH y de consumo de heroína crecieron mucho. La mitad de las nuevas infecciones fueron autoinfligidas para recibir beneficios de € 700 por mes y la admisión en programas de sustitución de drogas”.

Otro caso interesante es Brasil, uno de los países más desiguales del mundo precisamente por contener un ‘capitalismo salvaje’ donde, por ejemplo, con la excusa de crear riqueza para derramarla el Estado disminuye al mercado –el poder adquisitivo de las personas, en este caso– con trabas aduaneras que le frenan la competencia a los empresarios amigos. Según un reciente estudio de Wagner Kamakura, de la Rice University y José Afonso Mazzon, de la Universidad de Sao Paulo los pobres llegan al 15,5 por ciento de la población (29,6 millones de personas) y los ricos a 2,8 por ciento. Los primeros tendrían una renta de 854 reales (427 dólares) y los segundos de 18.000 reales (9.000 dólares). Mientras que las clases medias significan el 55,9 por ciento.

Entre los pobres de Brasil los más perjudicados son los jóvenes sin estudio ni preparación profesional entre quienes el desempleo llega al 18 por ciento. Como siempre son los débiles los más afectados por la violencia (la coacción ejercida desde el Gobierno). Brasil tendrá en la próxima década 33 millones de jóvenes de entre 14 y 24 años que son el futuro del país, pero son hoy los menos preparados profesionalmente. De los más de 30 millones de jóvenes brasileños, son pobres más del 30 por ciento y entre el 10 por ciento más pobre, el 77 por ciento ni estudia ni trabaja. Mientras que –los favorecidos de siempre por el estatismo– entre el 10 por ciento más rico solo no trabajan el 6,9 por ciento. De paso, vale recordar que hoy el mundo posee el mayor número de jóvenes de la historia: la mitad de los 7.000 millones de habitantes.