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Antonio López Ortega

Difuntos que nos ven

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El gran escritor húngaro Sándor Márai, quizás el más destacado de los novelistas centroeuropeos del siglo XX, se quitó la vida en febrero de 1989. Huyendo del nazismo y del comunismo soviético, vivió sus últimos días en San Diego, California. Nueve meses después de su muerte, en noviembre de 1989, caía el Muro de Berlín, la señal más simbólica de que la cortina de hierro finalmente se descorría. Pero el novelista Márai, tristemente prófugo de acosos, prohibiciones, censuras y humillaciones, no llegó a ver el renacer de Europa: la imagen que se llevó a la tumba fue la de la sombra. A la luz de esa mala fortuna, me pregunto a cuántos intelectuales y artistas nuestros, que se han ido en estos últimos años, les hubiera gustado ver la caída de nuestro muy particular muro de autoritarismo y asomarse a la fiesta de la democracia que tendremos este próximo 7 de octubre. Juan Sánchez Peláez (ido en 2003) hubiera leído un poema de Rasgos comunes. Eugenio Montejo (ido en 2008) hubiera confesado su amor por los árboles recitando “Parque Las Delicias”. Nuestro enciclopédico Adriano González León (ido también en 2008), autor de Viejo, hubiera brindado por cualquier sonrisa de joven venezolana. Nuestro enano barbado Salvador Garmendia (ido en 2001), “inquieto anacobero” como pocos hay, hubiera vuelto a pronunciar las palabras de un ensayo leído por primera vez en la alemana Universidad de Eichstät: “La disolución del compromiso”. Desde Mérida Pepe Barroeta (ido en 2006), calvo extraterrestre que habitaba siempre la noche, hubiera recordado los pechos de su amada rusa Tania Voroshilov. La bella Hanni Ossott (ida en 2002) hubiera hundido su verso hasta limpiarlo de escoria y volverlo aire puro. El gran Manuel Caballero (ido en 2010), gentleman de la pluma y de la opinión certera, hubiera visto la concreción de sus profecías. Jesús Soto (ido en 2005), guayanés universal, hubiera tomado su cuatro por el cuello y huido a Ocumare de la Costa donde alguna casa playera acogiera sus boleros entonados.

Son apenas algunos de los espíritus fugaces, pero son muchos más los que se fueron sintiendo que el país era una ruina, una imposibilidad, un desatino. ¿Por qué se les negó la fiesta que ansiaban? ¿Por qué la historia fue mezquina, incluso con aquellos de militancia izquierdista, velozmente decepcionados? ¿Por qué el país que creían recuperable, y por el que tanto lucharon, les negó una última imagen de convivencia y reconciliación? ¿Por qué los tiempos de la historia, finalmente, no son humanos? En la celebración que se acerca, que es también la de ellos, brindaremos en sus nombres, les haremos creer que esos frutos fueron antes sus semillas, les diremos que sus palabras nunca fueron acalladas, los convenceremos de que su luz permanece inalterable.

De alguna manera inexplicable, estarán con nosotros, o más bien viéndonos desde una tribuna exclusiva, sonrojándose ante las imágenes que alguna vez intuyeron. Verán las escenas con respeto, con sobriedad, con alegría contenida. No distinguirán entre triunfadores y vencidos. La derrota les parecerá tan digna como el triunfo, porque ya para entonces no habrá diferencias, no habrá bandos, no habrá alteraciones. Verán tan sólo a un conjunto humano que ha recuperado su tradición democrática, donde el voto sólo expresa el deseo de la nueva mayoría, sin que los perdedores se queden sin lugar, sin nombre, sin memoria. La fiesta será también de los difuntos que nos ven porque no hay amor más absoluto que el del creador con la tierra que lo ha visto nacer.