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Antonio Sánchez García

Dieterich, el charlatán de feria

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Estamos ante los intentos de la más feroz estafa de los charlatanes de la traición. Solo falta que de entre los pliegues de los ropajes con que vistieran en La Habana al muñeco de cera aparezca un testamento póstumo pidiendo disculpas por estos 14 años de devastación y desastres, distanciándose de los Castro y recordando con emoción los tiempos en que atravesaba desde el Palacio Blanco presentándose en Miraflores taconeando con una caja de chocolates para el entonces presidente Carlos Andrés Pérez.

 

El doctor Dieterich protagoniza el colmo de la taumaturgia: después de inducir la gangrena de las extremidades y servir el instrumentario ideológico para amputarle las piernas a la economía venezolana, recomienda mandar los restos a un quiropedista para que le quiten los callos, le corten las uñas y le calcen las medias. Y en su afán por corregir sus dislates de ideólogo marxista in partibus infidelis y recaudar fondos para comprarles zapatos de marca sugiere cortar por lo sano y entrarle sin melindres al neoliberalismo salvaje. Lo dice sacudido por la autopsia que acaba de llevar a cabo su exsocio de taumaturgias, Jorge Giordani, el monje loco. Quien en un arranque de insólito arreglo de cuentas consigo mismo se desmarca del proceso, denuncia la traición consumada por el heredero con quien lo sacara de un Metrobús para llevarlo a la Presidencia de la República y herido en su impenitente corazón de asceta sobreviviente al incendio de Sodoma reconoce la imposibilidad de seguir tolerando tanta corrupción, tanto saqueo, tanta criminalidad en Gomorra. Lleva veinte años nadando entre los tiburones del mar Muerto para venir a ahogarse a las orillas de los peces gordos de Diosdado Cabello.

Sería simplemente ridículo si no mediaran un cuarto de millón de asesinatos, la dilapidación, saqueo y robo de 3 trillones de dólares, la devastación literal de la economía nacional y el cataclismo en que borbotea en sangre la llamada revolución bolivariana –Chavez dixit–. Por no hablar del socialismo del siglo XXI, el mentolatum que nuestro charlatán germano mexicano ofrece en las ferias y congresos de la trasnochada izquierda socialista latinoamericana –que en su país de origen no lo conocen ni existen tales izquierdas– un galimatías que el hoy furibundo converso neoliberal se sacara de la chistera académica a cambio de suculentas recompensas para darle alguna consistencia a la clásica revolución venezolana caudillesca y autocrática puesta en pie gracias a las fuerzas armadas, el mundo académico, la clase política y, last but not least, según publica Casto Ocando en su última obra, el discreto encanto de la CIA.

En una de las tantas entrevistas en que se muestra de cuerpo entero, ora tocado con un extravagantes sombrero de pistolero de la noche de san Valentín, ora con un abrigo de costosas pieles, trajes a rayas cortados a la medida y pañuelos de seda, con todo lo cual más parece representante de una nudista internacional que un pensador de Treveris, ha sostenido sin que se le remueva el maquillaje que Venezuela debe volver a las mismas fórmulas neoliberales que intentara poner en acción en 1989 Carlos Andrés Pérez, provocando la reacción del establecimiento político, alebrestando al golpismo, provocando motines y saqueos y despertando al monstruo dormido de la barbarie venezolana. Al que corrió a asesorar.

Digamos: que las razones que indujeran al sangriento golpe de Estado del 4 de febrero, montaran al caudillo en la cresta de la ola y le permitieran surfear hasta asaltar el poder y pretender imponer el funambulesco proyecto del doctor Dieterich, son esgrimidas ahora por quien asesoró al golpista para que su heredero se baje de la carreta y vuelva a montarse en el jet del neoliberalismo.

Lo insólito es que lo afirma con el mismo desparpajo que podría haber exhibido Himmler, el amo del Holocausto, recomendando, ya en las postrimerías del Tercer Reich y muerto Hitler, volver a las prácticas del judío Rathenau, exitoso canciller de la democracia de Weimar, asesinado el 24 de junio de 1922 en Berlín por los nazis a pocos meses de haber asumido el gobierno, meter debajo de las alfombras de la Cancillería las cenizas de los 6 millones de judíos cremados y sacarse una foto con Golda Meier frente a la sinagoga de Varsovia y con Churchill frente a su despacho de Downing Street. Borrón y cuenta nueva y aquí no ha pasado nada.

Estamos ante los intentos de la más feroz estafa de la traición. Solo falta que de entre los pliegues de los ropajes con que vistieran en La Habana al muñeco de cera aparezca un testamento póstumo pidiendo disculpas por estos 14 años de devastación y desastres, distanciándose de los Castro y recordando con emoción los tiempos en que atravesaba desde el Palacio Blanco presentándose en Miraflores con una caja de chocolates para el entonces presidente Carlos Andrés Pérez.

Cosas verdes, Sancho…

 

 

@sangarccs