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Rodolfo Izaguirre

Diego Carpena

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Señal de Hispanoamérica era el título de la columna que Adriano González León sostuvo en el Papel Literario de El Nacional cuando lo dirigía Mariano Picón Salas. Don Mariano creyó en los jóvenes que formábamos el grupo Sardio y nos llamó para trabajar con él. Todavía hoy no tengo palabras para agradecerle ese gesto de confianza. A Adriano le preocupaba no encontrar tema para su columna y el poeta Luis García Morales (autor de Lo real y la memoria, 1962 y de ese mítico reencuentro con el viejo Orinoco que es El río siempre, 1983), le dio la idea de escribir sobre un poeta; es más: inventar uno que fuese hispanoamericano a fin de mantener la amplitud y tono de la columna y mostrar algún poema. Nada ilícito. ¡Se trataba del deleite de jugar con la literatura!

Lo hizo Max Aub en 1958 cuando inventó la biografía novelada de un supuesto pintor catalán llamado Jusep Torres Campalans que llegó a México en 1915 con la intención de perderse allí para siempre. Lo que hizo el propio Max Aub. El pintor había nacido en 1886, el mismo año que Diego Rivera; el mismo en el que Van Gogh llegó a París y el año en que se inventó la bicicleta. Pero lo mejor que hizo Max Aub al crear a Torres Campalans fue permitir que Campalans inventara, a su vez, a Max Aub.

Conocíamos el juego porque Adriano parodiaba la poesía de los Unánimes, como llamábamos entonces a Alfredo Silva Estrada, a Alfredo Chacón y a Elizabeth Schön, y yo mismo en la revista Sardio publiqué unos poemas de Mao Tse-tung traducidos del francés. Resultaba vergonzoso publicar poemas de un chino desde otro idioma y se me ocurrió colocar una nota al margen: “Estos poemas fueron traducidos del francés pero cotejados con su versión original gracias a la colaboración del señor Luis Chang”. La revista llegó a anunciar la publicación de Los espejos, un fragmento del Libro Tercero de las Hechicerías, que jamás existió.

En todo caso, nunca un análisis literario resultó tan convincente como el que Luis García Morales y Adriano González León hicieron del poeta hondureño Diego Carpena. Crearon primero el nombre del poeta y resultó un hallazgo que fuese hondureño porque salvo los nombres de Gonzalo Guardiola: (“¡Quién sabe! la muerte tiene tan hondos arcanos que son los esfuerzos vanos para saber qué es morir”); de Juan Ramón Molina, autor de “Madre Melancolía” y de Clementina Suárez no era mucha la información que se tenía en aquellos años setenta de la poesía hondureña. Mientras Luis escribía el poema, Adriano componía el texto de su Señal de Hispanoamérica.

Fue un acierto: Carpena revelaba una decidida influencia de Rimbaud sin negar ciertos acentos modernistas que el poeta asume como legítima herencia del gran Darío. Tenía que ser así porque en el poema que escribió Luis eran evidentes la influencia del poeta francés y algunos rasgos modernistas. Adriano siempre sostuvo que aquel fue el análisis literario más perfecto que había escrito en su vida.

Don Mariano, viejo y astuto (¡atributos del Diablo!), intuyó que Diego Carpena era una invención y fue su gloria haber permitido su publicación. “Adrianito es ingenioso”, me dijo.

Quien andaba como alumbrado era Rafael Pineda que estaba compilando una antología de poetas latinoamericanos y a pesar de que conocía a los hondureños nunca había escuchado el nombre de ese nuevo y admirable escritor. Después de leer la nota de Adriano no vacilaba en considerarlo como uno de los mejores poetas hondureños. Adriano se escondía cada vez que veía aparecer a Rafael Pineda y al Papel Literario continuaban llegando cartas desde Honduras que preguntaban por ese poeta desconocido llamado Diego Carpena. Todavía hoy, Luis García Morales ¡sonríe al recordarlo!