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Milagros Socorro

Dictador y hambreador

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“Me van a llamar dictador, no me importa”, dice Nicolás Maduro como si previera que lo iban a llamar “mal vestido” o algún otro remoquete de poca monta. Como si ser conocido como dictador fuera poca denigración o, peor, como si fuera una de esos motes en el límite entre el insulto y el elogio por el que suelen ser conocidos los capos mafiosos y los tipos de la lucha libre.

Ningún demócrata consideraría la posibilidad de ser percibido como dictador sin experimentar frente a ello vergüenza ni consternación. Mucho menos, especificaría que no le importa. Sería, por el contrario, el más deleznable señalamiento que podría caerle.

Pero Maduro es llamado dictador por sí mismo y también por figuras como el ex presidente de Costa Rica, Oscar Arias, Premio Nobel de la Paz, quien, horas después de que “Miles de estudiantes y opositores […] en Venezuela fueron brutalmente atacados con armas de fuego por los cuerpos de seguridad” como él mismo dijo, calificó el gobierno del autocalificado dictador como “un infierno de persecución”

Y agregó que “la sola existencia de un gobierno como el de Venezuela es una afrenta a la democracia".

Hay, pues, consenso. Es una verdad aceptada por todos, empezando por el autócrata, a quien, tal como declaró, ni siquiera le importa.

Lo que Maduro no reconoce –y más bien, arroja las culpas sobre otros, empleando en ello ingentes recursos de propaganda- es su culpa en la grave crisis económica que ha convertido a Venezuela en un infierno de hambre y desabastecimiento.

Hace unos días, Toyota de Venezuela anunció con su estilo minimalista que la empresa detenía “indefinidamente sus labores de producción”. Simplemente, carece de piezas para seguir ensamblando carros. La respuesta del sedicente (y por nadie desmentido) dictador fue una andanada de insultos y amenazas. Ni un solo atisbo de solución para un problema muy grave, que fue creado por Chávez, en lo que el propio Maduro reconoció ser un único gobierno de 15 años. Nadie le llevó la contraria tampoco.

Los controles económicos, las confiscaciones, las expropiaciones, la persecución a los sectores productivos, la corrupta burocracia, en suma, la revolución, trajeron a las empresas a la actual situación de carencia de materias primas e insumos para seguir elaborando sus productos.

Exactamente lo mismo está ocurriendo con la prensa escrita, como ya es del dominio público, pero también con la industria de alimentos y de medicinas. Uno a otro dejarán de llegar al mercado los diferentes rubros, en la medida en que se vayan agotando sus existencias. No solo de materias primas, sino también de envases. Muchos de esos insumos dejaron de producirse en Venezuela, debido al alicate que Chávez le aplicó al sector privado, y ahora no hay dólares para importar. Pero también ha ocurrido que las empresas expropiadas fueron puestas bajo la gerencia de militares que muy pronto las arruinaron, al tiempo que se enriquecieron ellos mismos. Esto es un hecho incontestable, que el embeleco de la “guerra económica” tapa y alcahuetea. La falta de materias primas se enlaza con la merma en la producción de envases porque fábricas de vidrio y hojalata fueron expropiadas por el régimen y ahora están muy lejos de satisfacer las necesidades locales.

Todo indica que la actual situación de penuria económica va a acentuarse porque el gobierno, en vez de reconocer sus errores y propender al cambio, los profundiza y agrava. Es como si confiaran en que algo mágico va a sobrevenir y las cosas se van a arreglar solas.

Este angustioso panorama es el trasfondo de las recientes protestas (además, por supuesto, de la brutal represión del régimen y la impune participación de sus “colectivos” armados).

De momento, da la impresión de que solo las clases medias experimentan descontento y tiene clara percepción de su falta de perspectivas de futuro con las actuales condiciones. Los reiterados relatos acerca de los denuestos que reciben quienes reclaman en las colas llevan a pensar que quienes reacciones con violencia a quienes reclaman es porque están encantados con los plantones.

No creo que haga falta ser psiquiatra ni sociólogo para sospechar que no hay tal fascinación con las colas. Ninguna cola es alegre. Ni chévere. Ni cómoda. Ni siquiera sombreada. Son desesperantes. Quitan tiempo para el trabajo, para la familia, para el descanso. No hay nadie tan acostumbrado a los sacrificios que pueda encontrar en una cola su gratificación.

Cuánto habrá de desengaño en esas loas al opresor, cuánto de terquedad para no reconocer la ruptura de las ilusiones o la inmensidad de la equivocación.

Cuánto de esa agresividad no irá dirigida al culpable al que todavía muchos no se atreven a señalar.