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Juan Esteban Constaín

Diatriba y alabanza del avión

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Acabo de sobrevivir a no sé cuántos vuelos en menos de un mes. O miento, porque sí lo sé, cómo podría olvidarlo: fueron seis en total, dos de ellos cruzando el mar para ir y volver. Todos perfectos e inobjetables, gracias a Dios. Pero no hubo ninguno del que no me bajara con la promesa con que me bajo siempre de un avión desde hace años: “No me vuelvo a subir en esto jamás”. No me vuelvan a invitar.

Es una promesa que uno nunca cumple, claro que no, porque además se pronuncia o se piensa en medio de ese estado de gracia que experimentamos los aerofóbicos del mundo al aterrizar, cuando sentimos que la vida nos ha sido devuelta de golpe y que es como si volviéramos a nacer. Como si nos fuera dado empezar otra vez, con nuevos planes e ilusiones y energías. Quienes lo han vivido, por absurdo que parezca, me darán la razón: es volver a nacer, tal cual. Así se siente.

Lo confieso sin ninguna vergüenza, al revés: hago parte (o hacía: eso quiero pensar) de esa legión multitudinaria, quizás la más grande y sufrida del mundo, aunque nadie lo crea, de viajeros que se suben al avión muertos de miedo, por usar la peor de las expresiones posibles. Con el alma entre el bolsillo, temblando, y la cabeza plagada de oscuros presagios y pensamientos: que las nubes están cerradas, que está lloviendo y hay truenos; que en el vuelo de uno va una monja. ¿Será que me devuelvo? Qué hago yo aquí, quién me mandó.

Los aerofóbicos tenemos además un radar para reconocernos al instante entre nosotros, dándonos con la mirada de angustia una especie de mutuo consuelo que sabemos que no va a servir para nada. Porque no hay salida. Esa solidaridad de cuerpo florece sobre todo en las salas de espera, donde la gente, en el colmo de la indolencia, sigue la vida como si nada. ¿Pero es que no se dan cuenta de la gravedad del asunto?, pensamos. No: nadie se da cuenta, con sus iPads y su serenidad y sus niños corriendo.

Lo mismo pasa dentro del avión, ya en vuelo: mientras nosotros vamos exhaustos y sin pestañear piloteando la nave, hay quienes duermen a pierna suelta y con la boca abierta, o leen, o ven películas, o todo al tiempo. ¿Cómo es posible que lo hagan, mientras a nosotros se nos va a salir el corazón? Pues lo hacen, aunque también sé que hay muchos que fingen y que son de los nuestros, y que al menor movimiento se pasan de bando y empiezan a sudar y a mirar inquietos para todos los lados.

¿Cuándo me empezó este mal del que voy curándome poco a poco, o eso creo? Lo tengo clarísimo: el día en que nació mi primera hija. Ese día, uno de los más felices de mi vida, se me acabaron para siempre los años irresponsables de turbulencias risueñas y vuelos sin miedo. Entonces me volví un aerofóbico integral.

En estos años he caído muy bajo –o bueno: todo lo contrario, gracias a Dios– y una vez hasta me bajé de “la aeronave” cuando ya habían cerrado sus puertas. Cogí mi maletica y me bajé, caminando en contra de la procesión. Fue ahí cuando mi amigo Daniel Samper Ospina, muy preocupado, me quiso llevar donde un hipnotizador para que me curara, pero le dije que le tenía más miedo a la hipnosis que a volar. Me matriculó entonces en un curso que da una aerolínea para gente como yo.

Es como alcohólicos anónimos, pero con miedosos del avión. Y funciona, no saben ustedes cuánto funciona. Lo digo este mes que se cumplen los cien años del primer vuelo comercial de la historia. Quizás el único milagro de verdad que ha hecho el hombre.

Así que este es también nuestro aniversario. Desenganchar.

Juan Esteban Constaín

catuloelperro@hotmail.com