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Ricardo Ramírez Requena

Diario de Plaza Venezuela. 5-F de 2014. 11:00 pm

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Salí de clases. Hoy leímos a poetas barrocos franceses en el primer curso. Luego, a los imaginistas anglosajones (primeros poemas de Pound, Eliot, Williams. Sus premisas: 1. Nombrar la realidad tal como es. 2. Belleza. 3. Evitar el didactismo. 4. Privilegio de la imagen, etc.). Tomé el Metro con Francisco Enrique Llovera González, un alumno y veníamos hablando de Plaza Venezuela. Francisco vivió un año aquí (él es de Turmero). Aquí leyó a Baudelaire. Aquí se enamoraron sus padres.

Venía camino a casa y todo estaba callado y solo. Los miércoles no están los perrocalenteros, y la zona siempre está más sola que otros días, pero este miércoles se presentaba extraño. Parecía domingo.

Cuando pasé la torre Polar, cruzando ya la Montevideo a la altura del teléfono público de la esquina, vi una extraña sombra reflejada por el poste de luz al lado de mi cabeza. Sentí que me observaban. La calle era un descampado. Llegando a la otra esquina, Pancho, el perro gris del vecino, saltó y ladró. Pensé que era conmigo y le pregunté qué le pasaba, pero era con la moto, que llegó como callada. El tiempo se hizo líquido y denso. Dos muchachos. Recuerdo la pistola del que iba a atrás. Nunca lo vi a los ojos. Me quitaron dos bolsos, les entregué el celular y una cadena de plata. Quería mi anillo de bodas. No salía del dedo. Preguntaron si era oro. Les mentí: dije que era de plata (gracias, orfebres del mundo, por el oro blanco).

El anillo no salió de mi dedo.

No me mataron.

La moto arrancó lenta, el que conducía me miraba, no con odio, o burla, o rabia. Era compasión. Sé que era una perversa compasión.

Llamé a Blanca, mi esposa, dos veces (vivo en un piso 3) y respondió y bajó corriendo. Unos vecinos del edificio se acercaron y me abrieron la reja.

Blanca tenía dos noches soñando feo, dos días nerviosa pendiente de mis salidas y llegadas. Soñaba que me encontraba perdido.

Nunca me habían atracado en mi vida.

Menos, al frente de mi casa.

Esta es una libreta nueva.

Se llevaron la otra, con el diario de los últimos dos meses.

Se llevaron mi libro de poesía barroca francesa (El amor negro), editado por Pre-Textos. Se llevaron mi libro de Huyssen, editado por Adriana Hidalgo. Se llevaron uno de los diarios de Rafael Castillo Zapata, que ya llevaba leído por la mitad.

Al entrar en casa, lo único en que pensaba era en escribir. Abrir una libreta nueva y escribir.

Antes, se cambió la cerradura, se llamó a los bancos a suspender las tarjetas, se suspendió el celular (les alcanzó el tiempo a los ladrones de mandarle un mensaje a mi mamá pidiéndole mi número de cédula), hablé con mi familia, comimos.

Encendí una vela.

Llevo dos whiskys secos.

Quisiera poder dormir.

Tengo una libreta, un bolígrafo, las palabras y estoy vivo.

Todavía puedo escribir.

Me robaron, pero todavía puedo escribir.

Y estoy vivo.