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Cristóbal Guerra

Diamantes negros en un mundial mestizo

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Los jugadores de Camerún, Costa de Marfil, Nigeria y Ghana, pueden dar gracias al cielo. Siendo negros, negros de toda negritud africana, han ido a Europa, han sido tomados en cuenta, han triunfado y ahora están en sus selecciones nacionales dispuestos a dejar la vida por sus países en el Mundial de Brasil. No así Amadou y Moussa, quienes llegaron a España, engañados por un empresario internacional, y terminaron pagando la osadía de viajar a un continente de diferentes idiomas y costumbres a las de Mali. Devinieron de esperanzas del fútbol, en, uno en ladrón de carteras, y en traficante de drogas, el otro. Ellos son parte del inmenso contingente de más de veinte mil jóvenes negros africanos que, sin dinero para volver, deambulan por calles de Madrid, París, Roma o Lisboa, en procura de que alguien se fije en ellos. Ya no les importa la vergüenza de andar con las manos vacías, con la pena de la frustración, sino darse cuenta de que deben volver a lugar del nunca debieron de haber salido. Este drama, derivado en tragedia, es el argumento central de Diamantes negros, película española que toma este caso como metáfora de una situación que ha escapado del control de la FIFA…

 

Cameruneses, costamarfileños, nigerianos y ghaneses,  verán en Brasil a sus parientes históricos en los mulatos brasileños, colombianos, ecuatorianos, uruguayos, hondureños, mexicanos y costarricenses, derivación de una raza llegada a América por caminos de esclavitud. De cierta forma son sus hermanos, primos, familiares; verdadera heredad del hombre original. Esta diáspora de adolescentes llegados a Europa con los movimientos de empresarios, a medio andar entre lo legal y lo inescrupuloso, ha tenido repercusiones en este lado del mundo. Particularmente, con decenas de muchachos venezolanos que han ido a otros países del continente, sobre todo a Argentina, y son dejados al garete, a la buena buenísima del Señor. Esos son los peligros del fútbol de hoy: cambiar la vida de los jóvenes que han querido hacer de esto un bell somni, como dicen los catalanes, por un paso al vacío y a la nada…

 

Una pasada por el partido Atlético de Madrid-Real Madrid.. Hemos oído, de primer golpe, el canto lastimero de los que, por la tendencia humana de ir al débil, volcaron sus sentimientos con el equipo rojo y blanco. Este es el lugar común: “Ese árbitro del carajo… dio cinco minutos de alargue para que el Real Madrid empatara el juego. ¿Cuánto le darían por el soborno?”.  Entonces, alguien respira y responde: “Y si el gol lo hubiese marcado el Atlético, ¿a quién le íbamos a echar la culpa?”. El juez dio el tiempo adicional sin saber quién iba a marcar. Lo da a riesgo porque así lo mandan el reglamento y la lógica del juego. Si hubiera estado “mojado”, como se dice en el fútbol, y el gol lo marca el Atlético, ¿qué cara le hubiese tenido que poner a los sobornadores? No hubo nada de eso, todo son argumentos de impotencia por no querer admitir que el fútbol es así. Los equipos, cuando salen a las canchas del mundo, tiene que acogerse a lo que digan los reglamentos y los árbitros, y los jugadores saben que en todo partido siempre habrá minutos de extra tiempo. Ah, el Real no pudo empatar en los 90 minutos, sí, pero había una plus valía, un valor agregado, y ahí, en su equipaje, estaba escondido el gol de Sergio Ramos. El Atlético fue un cuadro de entrega, de brindis generoso, pero no le alcanzó en los minutos finales ni menos en los 30 adicionales. Aquí, deshecho, con la voluntad desguazada por tanto trajín, se le vieron las grietas y los entresijos de una lámpara que no quiso alumbrar más. Nos vemos por ahí.