• Caracas (Venezuela)

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Luis Ugalde

Diálogo para qué

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 Los gobiernos pasan, pero los países permanecen.

 

De ahí la importancia de transiciones políticas sin violencia y nuevos gobiernos con renovada esperanza. En nuestro siglo XIX los gobiernos pacíficos fueron paréntesis precarios entre guerra y guerra. En contraste, llevamos 111 años sin guerras y con cambios de gobierno razonablemente pacíficos, incluso cuando los adversarios asumían la nueva conducción del país o cuando agonizaban dictaduras que se creían perpetuas. La muerte, el miedo y el realismo político hicieron que hasta los dictadores se retiraran sin ahogar al país en un baño de sangre. Civiles y militares aprendieron que, en los enfrentamientos, antes de disparar hay que contar los cañones y dar paso al que más tiene. Mejor contar que disparar.

 

Hoy, luego de tanta agresión y descalificación lamentable, hay nostalgia de diálogo y de reconciliación, aun con el país agreste y dividido y un bando que promete aferrase al poder por décadas sin término. Preocupa el mes final del proceso electoral y el resultado, pero lo más difícil es el cambio postelectoral para construir el país y la convivencia que necesitamos. Los problemas acumulados son de tal magnitud y complejidad que no pueden ser resueltos con medio país contra el otro medio. Es indispensable la activa colaboración de ambas partes para nacer de nuevo a la eficiencia creativa y productiva, superación de la pobreza y construcción de una sociedad con justicia social en libertad y democracia.

 

El diálogo añorado no es un mero ejercicio de cortesía, ni una farsa para ocultar la intolerancia y las armas de guerra y destrucción, sino algo concreto con dos componentes indispensables: un nuevo clima general de reconocimiento mutuo entre los adversarios políticos y entre diversos sectores sociales, y concreción de diálogos muy específicos con precisión sobre lo que hay que conseguir en cada área.

 

Diálogo en el sector productivo entre gobierno, empresarios y trabajadores con metas muy claras para revertir la creciente decadencia productiva y las terribles consecuencias de suero petrolero que mantiene a un enfermo con baja productividad, importaciones desbocadas y ausencia de oportunidades de trabajo cualificado para la mitad de la población. No se trata de generalidades sino de metas y objetivos concretos, con medios, con inversión en tecnología y capacitación humana para un resultado que beneficie a todos los factores.

 

Diálogos similares para transformar la educación, la salud, la infraestructura, las cárceles, la seguridad ciudadana... con todos los que pueden hacer aportes significativos.

 

Diálogo que suma y multiplica, y supera lo que divide y paraliza.

 

Diálogo que crea clima de esperanza, optimismo, inversión.

 

Todo ello es imposible sin diálogos en torno a la jornada electoral del 7 de octubre, día de expectativas y de máxima tensión. No es posible que ganen los dos candidatos y es necesario que los resultados sean rápidos y transparentes. Aun con máxima polarización y ambiente de guerra, tiene que haber en las instancias superiores diálogo discreto y eficaz para frenar toda violencia y abuso.

 

Diálogo de la Fuerza Armada Nacional con cada uno de los candidatos dejando clara su disposición institucional al servicio de la nación y no de una parcialidad política; que no queden dudas sobre su condición de garante de la Constitución y del respeto a la voluntad democrática de los electores. Necesitamos que la jerarquía de la Iglesia Católica ­y las de otras instituciones religiosas­ haga un excepcional y decidido aporte al diálogo en esos días de mayor tensión. Ella debe hablar sobre puntos específicos que amenazan el pacífico desenlace electoral, con la nación, con el Ejecutivo, con la Fuerza Armada, con las direcciones políticas de ambos bloques... Especialmente el día 7 tiene que haber un hilo comunicacional directo en esas instancias para atajar cualquier locura de violencia y de desconocimiento antidemocrático.

 

La Conferencia Episcopal en su comunicado de julio 12 pide oraciones "por el éxito del proceso electoral y la paz social y política de Venezuela", por una renovada actitud espiritual de reconocimiento del otro y "la sabiduría e inteligencia espiritual que necesitamos para convivir pacíficamente en la tolerancia y el respeto mutuo".