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Carlos Sánchez Berzain

Diálogo, pero no así

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María Corina Machado, la diputada venezolana que lucha valientemente por rescatar la libertad y la democracia en su país, ha dicho que el diálogo promovido por Unasur entre Nicolás Maduro y la oposición, es un “diálogo para estabilizar la dictadura”. 

Los hechos demuestran que la diputada Machado tiene razón. El régimen de Maduro es una dictadura en el sentido más estricto del término. No queda en Venezuela ni rastro del Estado de Derecho. Es la voluntad de un régimen la que se impone por encima de la ley, se violan los derechos humanos, no hay división ni independencia de los poderes públicos, hay perseguidos, presos y exiliados políticos; no hay elecciones libres, no hay libertad de prensa. No existe ninguno de los elementos esenciales de la democracia. 

La dictadura venezolana es parte dependiente de un proyecto transnacional no democrático liderado por la dictadura castrista. La lucha del pueblo venezolano por recuperar su libertad y democracia, y su victoria, no suponen solamente la caída de Maduro sino el final de la dictadura castrista.

La Cuba dictatorial está luchando en territorio venezolano su propia subsistencia. No solo por razones económicas, sino porque los efectos políticos de la crisis y el derrumbe de su principal socio, son devastadores y terminales para su reciclado neocomunismo y son el peor ejemplo para un pueblo cubano ansioso de libertad. En ese contexto desde La Habana y Caracas han articulado la más dura estrategia interna e internacional. 

En Venezuela no se ha escatimado la violación diaria de los derechos humanos, con asesinatos, secuestros, violaciones, agresiones, allanamientos, apresamientos, al más puro estilo castrista, con estructura, mando e incluso con personal cubano; manipulación del poder judicial como parte del aparato represivo; asesinato de la reputación de los adversarios convertidos en enemigos públicos; censura y expulsión de medios de comunicación; propaganda oficialista, control de la opinión pública. Todo como en Cuba. 

Internacionalmente han cerrado filas haciendo que funcione el aparato montado en los últimos años entre Chávez y Castro en base al petróleo venezolano y la amenaza de violencia y desestabilización de la dictadura cubana. Han censurado y paralizado los mecanismos de la Organización de Estados Americanos, han cobrado con votos y declaraciones de apoyo y solidaridad la dependencia de los países de Petrocaribe y otros. Han manipulado para llevar el tema a manos de Unasur, que es una entidad creada por ellos mismos para la protección política de su proyecto (basta leer sus documentos). 

No pudiendo derrotar con violencia a la juventud y al pueblo venezolanos, puesta la dictadura en evidencia, han maniobrado el camino del “diálogo”, del que han marginado a la OEA, a las Naciones Unidas y al Papa, porque necesitan ser dueños del árbitro y Unasur es parte de su aparato.

En 2008 fue este ente el que desde Santiago de Chile y con imposición de Chávez, mantuvo a Evo Morales en el poder para que consolide la dictadura del siglo XXI en Bolivia. Ahora debe funcionar a favor del dictador venezolano, sin avisar siquiera cuáles son los puntos del diálogo o qué se negocia en el mismo.

Diálogo es una discusión o trato en busca de avenencia, de un convenio o de un acuerdo. Lo que está haciendo la dictadura en Venezuela es una “simulación”, necesita ganar tiempo, descomprimir, dividir a la oposición, engañar para permanecer en el poder. Lo ha confesado el propio dictador Maduro esta semana al responder a Lula: “no tengo nada que negociar con nadie... ni negociación ni pacto”. El diálogo así, es solo una maquinación más de la dictadura. 

María Corina Machado tiene razón, así se trata de un “diálogo para estabilizar la dictadura”. Un verdadero diálogo debe buscar salidas al problema, soluciones, acuerdos, reconocer la realidad objetiva y tener mediadores confiables e imparciales. Diálogo sí, pero no así.