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Ramón Piñango

Diálogo

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La situación se complica para el gobierno, la oposición y todos los venezolanos, aunque haya actores políticos, e incluso algunos actores económicos, que creen que pueden sacar provecho de este río hiperrevuelto en que se ha convertido el país.

Digan lo que digan, y cualquiera que sea quien lo diga, es sencillamente imposible enfrentar problemas como el rápido crecimiento de la probabilidad de ser asesinado, con el esfuerzo de solo una parte del país y sin tomar en cuenta lo que sufre, lo que piensa y lo que espera el resto de los venezolanos. Por eso hay que hablar, para comunicar apreciaciones, experiencias, sugerencias y expectativas.

De allí que el diálogo no sea una opción entre varias, sino condición insustituible para impartirle sentido al futuro del país en lo que se refiere a lo más esencial: garantizar la vida de los venezolanos.

Hay actores políticos que no entienden la necesidad de un auténtico diálogo que vaya mucho más allá de declaraciones vagas e imprecisas sobre la democracia, la libertad, o lo hermoso del socialismo. Muchos menos entienden la urgencia de dialogar. Tan no lo entienden que no reconocen que la inseguridad personal exige atención efectiva inmediata.

Para que el diálogo entre actores políticos sea fructífero deben darse tres condiciones. En primer lugar, que quienes gobiernan reconozcan que tienen una responsabilidad fundamental, entre otras razones porque desde hace largos años controlan todos los poderes públicos, no solo el Ejecutivo. Hasta ahora esa voluntad no se ha manifestado en la práctica.

Al contrario, la conducta del régimen ha mostrado que no desea el diálogo, mucho menos llegar a acuerdos. El ejemplo más claro es el de la Asamblea. En este órgano legislativo se ha dicho unas cuantas veces “no vamos a dialogar”; por la razón que sea se ha sido tajante al respecto. En segundo lugar, que la oposición, además de demostrar su disposición a dialogar, cosa que ha hecho, exija el diálogo y plantee las condiciones en que este puede ser fructífero. No basta con asistir a una reunión y después quejarse porque ni siquiera le dieron el derecho de palabra. Los ciudadanos que no simpatizamos con el gobierno esperamos eficacia de parte de la dirigencia opositora, no explicaciones o quejas.

Finalmente, los ciudadanos en general, bien sea como conjunto de personas o de organizaciones de la sociedad civil, debemos exigir con toda fuerza el diálogo, entre otras cosas para algo vital: detener la muerte que avanza a paso de vencedores. Hasta ahora, lo que hemos tenido es una expresión de preocupación de muchas personas, pero no algo organizado que aglutine gran parte de los sectores representativos de la sociedad venezolana, que hable con voz potente al país.

Creer, como parecen creer actores importantes del régimen, que mecanismos indispensables como el diálogo pueden ser escamoteados o manipulados (por ejemplo, mediante un “dakazo” contra la inseguridad) para salir airosos del trance, constituye, además de una perversa irresponsabilidad, una gigantesca equivocación. En este sentido, algunos podrían hacer el cálculo de que el proceso revolucionario puede beneficiarse del trauma social creado por personas o bandas armadas que asaltan y asesinan. Quienes así piensan pueden ser las primeras víctimas de una delincuencia desbordada e incontrolable, a no ser que intervenga un actor desconocido dispuesto a hacer lo que sea para poner orden.

De igual manera, creer –como parecen creer algunos actores de la oposición– que no hay que afanarse tanto porque cuando el régimen se vea con el agua al cuello se sentará a dialogar, es irresponsable e ingenuo. Irresponsable por lo que significa en número de muertos y sufrimiento. Ingenuo porque el fanatismo del régimen puede llevarnos a extremos insospechados. Estamos lejos de haber visto lo peor.