• Caracas (Venezuela)

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Elías Pino Iturrieta

Diálogo de veras

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El hecho de que la posibilidad de dialogar entre factores de la política haya provocado todo tipo de especulaciones, indica que se está ante un hecho significativo. Costumbre perdida o negada, la alternativa de su regreso desde una etapa que parece remota conduce a pensar en lo fundamental de sus contenidos, no vaya a ser que del monte apenas salga un ratoncito. Para evitar semejante parto se sugiere de seguidas un punto fundamental, cuya envergadura proviene de su evidente falta y de cómo cerró durante tres lustros el camino de los avenimientos que hoy se buscan.

Durante los últimos años, el presidente Chávez se empeño en apuntalar la hegemonía del sector público. Si ya era importante tal sector desde el lejano gomecismo, el líder de la "revolución" quiso que su influencia creciera hasta el punto de dominar todas las actividades de la sociedad. Hizo que el gobierno se inmiscuyera en todos los rincones de la colectividad. Quiso que nos habituáramos a la presencia de una autoridad superior e irrebatible que determinaba el rumbo de las actividades de los venezolanos, aun las de carácter privado. Nada nuevo, en principio, debido a que remite a una pugna contra la heterogeneidad de las forma de entender el país, contra las fracturas del caudillismo y contra la imposibilidad de dominar un vasto territorio y a sus habitantes, que llega a su apogeo después del golpe contra Cipriano Castro y busca predominancia durante la dictadura de Pérez Jiménez y en el primer mandato de Carlos Andrés Pérez. Pero, ¿por qué destaca el plan de Chávez frente los demás? En su proyecto de control, Chávez contrapuso el interés privado al interés público. La virtud de su hegemonía partía de la necesidad de extirpar la cizaña de la diversidad, mientras ocupaba los espacios antiguamente variopintos una masa uniformada según los dictados de los altos poderes del Estado, entendidos como única formula para la redención de una sociedad cuyas necesidades había tergiversado el monstruoso enano de los imperios menores, el egoísmo de los propietarios y de la gente común influida por ellos. Había una parte maligna de la república, que no dependía de la administración pública y conspiraba contra ella, frente a la cual se debía ganar una batalla histórica. La solución estaba en la fundación de una ineludible república de ciudadanos iguales, cuya estabilidad dependía de la desaparición de una maligna y vieja heterogeneidad que se había opuesto a las grandes realizaciones de la historia desde la época de la Independencia. ¿No fue esa maldita diversidad ­aseguraba Chávez-, no fueron los intereses subalternos de unos sujetos reaccionarios e infernales, los asesinos de Bolívar que se reproducen en el futuro, los responsables de las desgracias del genero humano que la "revolución" redimiría? Ninguno de los hegemones anteriores había planteado una contradicción tan radical.

El éxito del diálogo que se está anunciando depende de afirmar lo que el designio de Chávez negó en todo trance. El interés publico y el interés privado no son antagónicos, como machacó el líder de la "revolución", sino todo lo contrario: son complementarios, se necesitan a la recíproca, el uno vive del otro; de sus encuentros y sus desencuentros, de su equilibrio, nace la alternativa de una sociedad mejor, de una colectividad justa alrededor de la legalidad que se construye de común acuerdo cuando las enfrentadas valencias de una república hacen tratos y llegan a paces según la indicación de las circunstancias. Mucho escribieron autores célebres, como Maquiavelo y Tocqueville, sobre el estrechamiento del vinculo entre el interés publico y el interés privado como fundamento del republicanismo desde el tiempo de Aristóteles. Ahora solo se acude a su sabiduría para plantear lo que resulta ineludible a la hora de apostar por un diálogo fructífero.

El entendimiento entre lo público y lo privado, que no es otra cosa que la búsqueda de pactos entre la igualdad y la libertad, niega la pugna planteada por Chávez como remedio de los males de la sociedad. De esa negación depende el destino de las conversaciones que esperamos con ansia, si quieren llegar a resultados concretos. Falta saber si Maduro tiene un cascabel y se lo pone al comandante gato.