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María Corina Machado

Diálogo sí: en respeto y libertad

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Mi responsabilidad como diputada implica escuchar los planteamientos de todos los venezolanos que me transmiten sus anhelos, propuestas, ideas y críticas. Muchos me piden explicaciones ante la devastación que sufre nuestro país y muchos más me exigen una respuesta para detener este proceso. Considero mi obligación exponer a los venezolanos mi visión de la ruta democrática que debemos recorrer para derrotar al régimen y construir un país de libertades y oportunidades para todos: eso hago en foros, encuentros, asambleas y entrevistas en distintos lugares de Venezuela. Las reacciones, desde luego, han sido muchas. Entre ellas, una muy airada crítica del periodista, exembajador y exconstituyentista Vladimir Villegas. Ella me ofrece la oportunidad de insistir en mis planteamientos.

He expresado y reitero la necesidad de un cambio de modelo en Venezuela. Cada día se acelera la destrucción de la economía, el aumento de la conflictividad social, la ilegitimidad del gobierno y la represión. La gente no aguanta más. Plantear la renuncia de Maduro o la Asamblea Nacional Constituyente no es una “estrategia de dudosa constitucionalidad” o un “acto de aventurerismo”: son mecanismos contemplados en la Constitución venezolana. Todo lo que he propuesto y promuevo está enmarcado por ella: lucha por hacer valer el triunfo de Henrique Capriles en las elecciones del 14-A, investigación sobre la nacionalidad de Maduro, exigencia de justicia para las víctimas de Amuay, defensa de nuestro territorio Esequibo.

Algunas personas han confundido mis posiciones firmes en la defensa de la soberanía popular y la soberanía nacional, con intransigencia y falta de disposición al diálogo. Por el contrario, el diálogo requiere claridad, firmeza y convicción. El otro debe saber quién es uno. Y viceversa. Luego viene la construcción de puentes sobre las bases de la palabra racional, el respeto mutuo y la voluntad de alcanzar acuerdos. Cuando el gobierno pretende imponer la agenda del diálogo, sus términos y sus interlocutores, éste no existe: es una burda maniobra para legitimarse, ganar tiempo, confundir o todas las anteriores.

Nuestro país clama por un reencuentro entre sus ciudadanos. Las divisiones profundas e intencionales que se han generado en estos años por causas raciales, religiosas, generacionales, ideológicas o económicas han provocado heridas graves que tenemos la obligación de sanar para lograr la cohesión social y la necesaria confianza entre nosotros. Quienes hemos sido perseguidos, calumniados y golpeados tenemos que asumir la responsabilidad de liderar este reencuentro y demostrar nuestra capacidad de perdonar. En ese proceso tendremos que escuchar a personas con las cuales hemos combatido fuertemente y hacerlo con respeto y serenidad.

Confieso que sí me sorprendió que el señor Villegas considere que mis planteamientos desestabilizan al gobierno. Me pareció escuchar la voz del régimen. Me pareció escuchar al gerente de Amuay cuando llevamos el informe donde se demostraba la responsabilidad de la junta directiva de Pdvsa. O a Diosdado Cabello cuando denuncié la presencia de oficiales cubanos en nuestras Fuerzas Armadas. O a Nicolás Maduro cuando he denunciado las posiciones de este gobierno ante Guyana.

Que el régimen me acuse de desestabilización es coherente con su práctica permanente de “reposicionar la culpa”, transfiriendo así sus responsabilidades a otros. A fin de cuentas, qué puede desestabilizar más que cortes de luz todos los días o que, tras 5 horas de cola, a la señora de adelante le toque el último paquete de harina PAN o ser atracado en el carrito a pleno día y ver a “los chivos” pasar con decenas de escoltas... claro que hay desestabilizadores, y están en el gobierno.

Dedico todos los días de mi vida ─y muchas noches─ a lograr que esta pesadilla termine y que en el proceso podamos evitar la anarquía y la violencia. Como generación tenemos la obligación de transitar una ruta desafiante y apasionante para institucionalizar al país y lograr que, tanto en nuestras relaciones humanas como en el servicio público, prevalezcan valores como el respeto, la honestidad, la justicia y, desde luego, el diálogo.

Lucho por la paz, pero paz sin libertad es sumisión. Combatir y derrotar un régimen corrupto, ilegítimo y autoritario, más que un derecho, es un deber. En mi caso, estoy comprometida a cumplirlo.