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Valentín Arenas Amigó

Diálogo de paz o para subsistir

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Este régimen tiene ya 15 años sembrando el odio y la guerra social entre los venezolanos para hacer en el país una revolución similar a la cubana, pero disfrazada de “democracia participativa”, cuando la meta real era imponer en Venezuela una autocracia totalitaria. Esto exigía destruir el orden constitucional vigente y sustituirlo por otro mejor, que resultó ser mucho peor.

La destrucción del país la hemos sufrido todos: inseguridad total, han perdido la vida más de 200.000 venezolanos; una inflación creciente, que está ya en 52%; caída brusca de la producción nacional y del empleo; necesidad de importar y dólares cada día más escasos, porque de los que produce la venta del petróleo le entregan a Cuba 8.000 millones cada año y también a otros países del Alba, cuyos gobiernos se aprovechan todos de Venezuela. Políticamente nos distanciamos del imperio, pero le entregaron la soberanía nacional al gobierno de Cuba para que nos enseñe cómo hay que hacer para permanecer en el poder durante 50 años.

El malestar en el país fue creciendo y a la cultura democrática de cuatro décadas del venezolano no le fue difícil detectar la naturaleza autocrática de este régimen. Se inició así una reacción no solo política –la MUD– sino de la sociedad civil y de la juventud que, velando por su futuro, optaron por protestar pacíficamente en las calles y le dieron así cumplimiento al artículo 350 de la Constitución. Como el soberano pueblo no puede expresar su voluntad por la vía electoral lo hace a través de la protesta pacífica para que no solo Venezuela sino el mundo entero conozcan cuál es su voluntad soberana. La represión de esta protesta no hace sino confirmar la naturaleza autocrática del régimen venezolano, motor de la destrucción de Venezuela, obedeciendo instrucciones de los Castro.

Ante esta realidad ocurren dos hechos muy importantes que señalan el principio del final de este régimen: fallece el teniente, su líder natural, y lo sustituye otro ciudadano sin ningún carisma ni liderazgo. Trata de vivir de alguien al que Dios llamó de esta vida y que le dejó en herencia un país dividido y económicamente quebrado con la instrucción de recuperarlo. Más que difícil, esto es imposible. Sin haber nacido en Venezuela y con una ilegitimidad muy dudosa, no tiene la fortaleza que se necesita para cumplir tamaña tarea. Eso es evidente. Lo sabe el país todo y lo sabe también él. ¿Qué hacer entonces?

Llama a un diálogo por la paz, que podría llamársele mejor “diálogo para sobrevivir”, después de estar 15 años incitando a la guerra social entre hermanos. Lo que se necesita confirmar es si ese diálogo se convoca para rectificar políticas que han demostrado ser erradas y han destruido a Venezuela, o para asegurar la permanencia en el poder de una revolución de la cual el soberano ha sido la víctima principal. Le prometieron al pueblo justicia social y ahora el pueblo no tiene ni qué comer. Este diálogo tiene que empezar dando una señal de buena fe y rectificación liberando a los presos políticos y permitiendo que regresen a Venezuela los exiliados. Después de 15 años de este desastre es bien poco exigir esto, como señal de humanismo y fraternidad venezolanista. No parece mucho pedir ni difícil de conceder. Si el odio es lo que promueve el diálogo entonces todo esto es otra farsa más. ¿Diálogo para el regreso mejor a la democracia o diálogo para la permanencia de la autocracia?

 

*Profesor de Instituciones Políticas de la UCAB