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Arnaldo Esté

Diálogo para un país quebrado

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El diálogo parece haber comenzado. Y creo que todos, aun cuando algunos lo disimulen, nos alegramos.

Lo de gobierno de transición se ha corrido. Ahora lo propone el brasileño Lula. Lo llama gobierno de coalición. Propuesta ácida y cruda, después de tanto romance. Es de las que causan inflamación.

Se ha respondido de inmediato: ¡Jamás!

Ciertamente, todavía es temprano para esa propuesta, pero el tumor de la crisis crecerá y se volverá una necesidad.

Negociación, pacto, son palabras que han tomado trágicas resonancias. Suenan también a traición, trapacería, consultas a escondidas, siniestras. Polisémica, dijo un recatado dirigente.

Pero al gobierno de transición y a su negociación ya le tocará el turno. La crisis apenas comienza, ya se ha dicho. Este es un país quebrado.

Con el dólar Sicad II legalizado a 50 bolívares se abre, dicen, una oportunidad para exportar, pero como no producimos nada para exportar, saldremos a vender un riñón, un pedazo de hígado, qué sé yo… con tal de conseguir unos de esos dólares.

Esta percepción de la crisis, más de los opositores, comienza a crecer en algunos de los más serios del gobierno.

Cuando el gobierno ha propuesto, a su sagrada manera, el diálogo, tal vez y a lo lejos, está pensando en ello. Piensa que lo que ahora está en la calle muy posiblemente se repetirá con el agregado de los lamentos y acciones pidiendo aumento de salarios para compensar la inflación.

Un negocio está quebrado cuando gasta mucho más de lo que ingresa y, para nuestro caso, cuando tampoco alcanzan los préstamos y fiaos. Es un negocio con las “bancas rotas”.

Se ha fabricado, y es algo muy repetido, la idea de un país rico. Como si lo que podría ser ya estuviera presente.

Cuando estudiaba cuarto grado, mi maestro, un tanto revoltoso, citaba a alguien: “Venezuela es una barca de oro, navegando en un mar de petróleo y con los pasajeros muriéndose de hambre”. La riqueza no es la que se puede tener, sino la que ya se tiene. No aquella fraudulenta a cuenta de la cual se monta el “fiao”.

Esa fábula de la riqueza ha alimentado la caridad.

Con el lenguaje del reparto de esa riqueza se han logrado dos terribles resultados: compro tu favor, tu voto y, a la vez, incremento la ruptura ética, la dependencia: no busques, no produzcas que ya te tocará la puerta.

Pero el cuento mayor es que no podemos bajarnos de un barco que somos nosotros mismos: la nación no es solo un territorio, es la conciencia construida de que ella existe y de los múltiples afloramientos que acompañan esa construcción: símbolos, familia, tierras, vecinos, recuerdos, sonidos, temperaturas y humedades.

Es esta nación quebrada, rota la que tenemos y no nos queda más sino restañarla, recoger sus pedazos y empatarlos para seguir nuestro viaje. No hacia la felicidad, idea que me resulta un tanto fastidiosa, sino hacia una manera de vivir en la que no predominen las angustias y los dolores. Y en la que la misma angustia sea el preludio de una creación.