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Arnaldo Esté

Diálogo, firmazo y la participación como valor ético

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Primero, y antes de atender a nuestro drama, hay que alegrarse por Colombia. Ya lo hemos dicho: es su hora.

El firmazo, en su belleza, se ha convertido en una gesta que le da sentido a la acción de la gente y la aferra a sus derechos. Un uso de la democracia en paz para unirse y triunfar. Esto ya es un logro sin precedentes, un gran aprendizaje con el establecimiento de la participación como un valor ético del país. Algo que está más allá de las importantes discusiones de la OEA, a la que encontramos en una nueva época, al exigir mucho más que democracias electorales.

El gobierno está políticamente derrotado pero conserva poder y fuerza y los usa con un descaro creciente. Eso es muy peligroso. La fuerza armada comienza a vacilar y a cuestionar a los generales obsesivos. Saben de sus compromisos, de la crisis y presienten el cambio.

La actitud del gobierno revela un pobre sentido para permanecer como proyecto político después de una derrota. Pero va a la tumba y se siente en condiciones terminales, pierde la racionalidad, pierde el sentido de la acción política necesaria para permanecer. Es un actuar consecuente con la propia y errada percepción de ser una misión de trascendencia, que llegó para quedarse, que no tiene nada que negociar.

En  sus inicios aprobó una Constitución que establecía a Venezuela como democrática y participativa, pero luego adoptó una ideología confusa y actitudes correspondientes a una negación de esa democracia y participación. Menguadas sus fuerzas y recursos económicos, que le permitían mantener un clientelismo petrolero, tuvo que acudir crecientemente a violaciones de esa Constitución a la que descubrieron incómoda, inconveniente para seguir conservando el poder.

En esa condición lo posee el desespero y pierde todo estilo. En puro tono reactivo agrede a la OEA y a su secretario. El CNE hace marramuncias, trajinando leyes, reglamentos, desubicando pocas máquinas y ordenándoles a funcionarios regionales que obstaculicen el ejercicio del derecho de revocar. Un folclórico capitán trucutú comete peculado de uso en un canal de TV del Estado, sin cancelar ni pagar su espacio, llama persistentemente, con su imagen y lenguaje, a la violencia. Un presidente que creyendo que las palabras siempre convencen, invade la privacidad de todos encadenándolos.

Un caos que, por tanto,  obliga más al diálogo y a la negociación, con la misma conciencia que hay que tener cuando se negocia con una fiera acorralada. Hay que obligar esa negociación con los estilos y maneras adecuadas.