• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

Diálogo o diálogo

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I.

El conflicto iniciado en el pasado febrero pareciera estancado. Amenaza con volverse eterno. Es como si hubiese entrado en una lamentable inercia que va dejando mucho luto, mucho dolor. El país se encuentra cada vez más descosido. Se nos ha vuelto un azar, casi cualquier cosa puede pasar (o no pasar). Se nos traspapelaron las certezas básicas que debieran regir la vida nacional. Se nos extravió la sensación de normalidad, en estos días manda la zozobra.

 

II.

Se suele decir que no se ve la puerta de salida del conflicto, que no aparece por ningún lado. Cierto. Pero tal vez sea porque no se tiene clara la entrada. El gobierno sigue abordando la crisis nacional mediante un relato que la elude. No termina de admitir los hechos tal como son ni su responsabilidad en ellos tal como es. No termina, tampoco, de comprender las demandas sociales que desde allí se generan. Todo lo diluye en la explicación más sencilla y cómoda, además de favorable: la protesta es el disfraz de un golpe de Estado, detrás del cual se encuentran, como siempre, los malos de la película. Así las cosas, su respuesta es coherente. En primer lugar, la represión oficial y “oficiosa” (vía los llamados colectivos), que se expresa no pocas veces en formato de barbarie, como en el caso del asalto a la UCV. Y además otras acciones que igualmente sirven para hacer sentir todo el poder del poder, como el creciente control de los medios de comunicación a fin de que haya un único relato sobre lo que ocurre o, también, medidas judiciales a la carta para detener gente o destituir alcaldes o diputados. Al mismo tiempo, establece un diálogo de mentiritas que terminará en nada y hace mercadeo internacional para vender su inocencia política respecto a todo cuanto sucede. Y, además, se dedica a jugar con el tiempo, a ver si, mientras tanto, la realidad cesa su envío de mensajes negativos registrado en un rosario de calamidades harto conocido. El gobierno no tolera a los opositores, pero menos la realidad

 

III.

La oposición, por su parte, muestra que únicamente se siente cómoda navegando en aguas electorales y que la muerte de Chávez no solo desencajó al chavismo. Le ha faltado organización y estrategia. No logra sintonizar del todo con las protestas sociales ni acierta en cómo encarar el tema de las guarimbas violentas. La unidad se ha debilitado, algunos dirigentes andan por su lado, se han soltado las ambiciones personales y la MUD es menos MUD que antes. Ha sucumbido otra vez, al menos una parte de ella, al voluntarismo y a la impaciencia, como si no hubiese habido la experiencia del “Chávez vete ya”. Pareciera haber relegado la esencial tarea de acumular fuerza política y optado por acciones que tal vez aparentan más, pero dejan menos, al decir lo cual, ojo, estoy muy lejos de desestimar la presencia cívica en las calles. Se ha sobreestimado el papel de las redes sociales –sin duda importante– con respecto al papel de la organización y ese imprescindible trabajo que es sudar la camiseta con el trabajo político de cada día.

 

IV.

La crisis venezolana no se puede resolver de cualquier manera. Siempre se ha sabido que el medio condiciona el resultado. La convivencia solo puede nacer del dialogo, no hay otro invento a la vista. El diálogo es la identificación de los límites del espacio común, reconociendo al otro y respetando las diferencias. Sencillo, pero complicado. Obvio pero se nos pierde. El fracaso en el acuerdo es la violencia. Se trata de un axioma. Hay, pues, que recuperar la conversación política luego de quince años sin tenerla. Regresar a ella para negociar y acordar en nombre del interés de todos.

El diálogo tiene sus dificultades, es evidente. La dificultad de controlar a los sectores radicales de lado y lado. La de definir la agenda sin que se veten temas (ejemplo: no puede no discutirse el Plan de la Patria). La de determinar a los interlocutores, dados los problemas de liderazgo, tanto en el chavismo como en la oposición. Y la de escoger al mediador, visto que la polarización venezolana también tiene su versión internacional.

En fin, cuánto tiempo debe pasar y, sobre todo, qué más debe pasar para que entendamos, unos y otros, que no tenemos otra vía que el diálogo.

 

Harina de otro costal

El fútbol femenino venezolano progresa visiblemente. Si se toma en cuenta el apoyo que se le da –recuérdese que el machismo aún goza de buena salud en el deporte–, la verdad es que ha avanzado más que el balompié masculino y llegado a alturas que este aún no ha alcanzado: la selección Sub-17 se coló hasta semifinales en el reciente campeonato mundial de su categoría. Forma, pues, parte de la crema y nata del balompié internacional. Ojalá esta hazaña sea parte de un proceso que nos vaya dejando una historia importante.